jueves, 6 de diciembre de 2007

Cambio climático

Enrique Galván-Duque Tamborrel


Acercamiento
La concesión del premio Nobel de la Paz al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) ha constituido el culmen del reconocimiento a una carrera ideológica de carácter planetario. El proceso se remonta a la Conferencia Mundial sobre medio ambiente realizada en Río de Janeiro en 1992 la cual tuvo continuidad en la Conferencia Mundial sobre el hábitat tenida en Estambul en 1996 y, dentro de poco tiempo, se verá reforzada por la Cumbre Mundial sobre el Cambio Climático que se realizará en Bali.
Lo que un día comenzó por una preocupación real, justa y necesaria, el cuidado del medio ambiente, ha degenerado hasta convertirse en un tema mediático del cual se han logrado alcanzar notables réditos económicos al hacer del así llamado “cambio climático” una bandera política, un estandarte ideológico y un objeto de consumo a través de libros, dvd´s, audiocintas, programas de televisión y publicaciones sobre el tema.
En el fondo, ciertamente, hay una realidad que constatamos ya no únicamente por las noticias que de desastres naturales, incendios, altas o bajas temperaturas e inundaciones se ven u oyen por televisión o radio. Lo más dramático de todo esto es la constatación vivencial que de la alteración del estado del tiempo sentimos y que no parece ser algo pasajero.

Visión equilibrada
A finales del mes de septiembre pasado, en la sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas dedicada al cambio climático, el subsecretario para las relaciones con los Estados de la Santa Sede, Mons. Pietro Parolin, reconoció que ese tema “es una seria preocupación y una responsabilidad ineludible para científicos y otros expertos, para líderes políticos y gubernamentales, para administradores locales y organizaciones internacionales, así como para todo sector de la sociedad humana y para cada persona”, por lo cual subrayaba el imperativo moral según el cual todos tenemos la grave obligación de proteger el ambiente.
A la vez, destacaba que “ante las diferentes reacciones e interpretaciones de los informes del IPCC, las mejores evaluaciones científicas han establecido una relación entre la actividad humana y el cambio climático. De todos modos, los resultados de estas valoraciones científicas, y las incertidumbres que permanecen, no deberían ser exageradas ni minimizadas en nombre de políticas, de ideologías o del interés personal”.
En la última semana de octubre, con ocasión de la 62 Asamblea General sobre “desarrollo sostenible”, Mons. Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, recordó que la crisis medioambiental “nos llama a examinar cómo usamos y compartimos los bienes de la tierra y qué pasaremos a las generaciones futuras” a la vez que ponderó la necesidad de “una visión más positiva del ser humano, en el sentido de que a la persona no se le considera un problema o una amenaza para el medio ambiente, sino un responsable del cuidado y la gestión del mismo”. Y es que, efectivamente, no hay oposición entre hombre y ambiente sino una alianza establecida e imborrable “en el que el medio ambiente condiciona de modo fundamental la vida y el desarrollo del hombre, mientras el ser humano perfecciona y ennoblece el medio ambiente”.
Según las palabras de Mons. Parolin, el cambio climático es un hecho cuyas causas, aún no demasiado claras, relacionan la actividad humana con la alteración del clima. Muchos han visto o han hecho ver el factor humano como un riesgo a mitigar y he aquí el peligro. De hecho, en un reciente artículo de Jonh R. Christy (The Wall Street Journal, 1 noviembre de 2007), director del Centro de Ciencias de la Tierra en la Universidad de Alabama y uno de los científicos que trabajan en el IPCC, explica que las predicciones sobre el calentamiento de la Tierra y sus consecuencias son sólo hipotéticas y resaltaba que el mundo tenía otros problemas más cierto y urgentes como la pobreza y la alimentación.
A pesar de la divergencia de opiniones aun dentro del mismo IPCC, nos quedamos con la ponderación de Mons. Parolin por proceder de una reflexión equilibrada y no basada en intereses políticos y económicos. Así, el “cambio climático”, como hecho, parece ser una realidad con hipótesis de causas aún no totalmente claras donde, de distintas formas, la actividad humana ha perjudicado el medio ambiente. Hasta aquí no hay problemas: sentimos esa realidad y, con una lógica sencilla, se puede entender lo perjudicial que resulta la producción de energía a base de carbono, el consumo de combustibles fósiles y otras emisiones de gases de efecto invernadero así como las consecuencias del uso irracional de agua o la tala desmedida de árboles. Sin embargo, como la alteración del clima está trayendo consigo grandes perjuicios se presentan múltiples soluciones que, dependiendo de la procedencia ideológica, serán lícitamente éticas en sus fundamentos y moralmente justas y aplicables en sus acciones.

Peligros
El 20 de septiembre pasado, durante la presentación del libro “Recurso ambiente. Un viaje en la cultura del hacer”, el cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo y Paz, denunció cuatro de los peligros en los que puede caerse al proponer soluciones al cuidado del medio ambiente. Éstas nos servirán de criterio general siempre que escuchemos o leamos las propuestas que las diferentes tendencias presenten como remedios para el tema que nos ocupa. Esos peligros son:
1. El biologismo por el que no se distingue la diferencia sustancial entre el hombre y los animales. Propuestas viciadas en este sentido son todas aquellas que quieren equiparar la vida de una planta o un animal a la de un ser humano dotado de inteligencia, voluntad y emociones. El biologismo, que no es una ciencia sino una ideología, se contrapone al antropocentrismo.
2. La ideología del catastrofismo que se nutre del pesimismo antropológico que no apunta para nada al hombre como recurso y, más bien, lo ve únicamente como problema; tan es así que del pesimismo se pasa a la desconfianza hacia el ser humano llegando a riesgos tan actuales y desgraciadamente vigentes como el aborto o la esterilización en orden a disminuir la población mundial.
3. La ideología neomaltusiana que propone planificar de modo centralizado los nacimientos violentando así la voluntad de la mujer.
4. La ideología del naturalismo que es lo mismo que el retorno a la naturaleza, a las diversas formas de esoterismo naturalista, narcisismo físico, búsqueda de un bienestar psicológico y emotivo confundido con bienestar espiritual, como el new age, que entiende de modo panteísta la biosfera, como un todo indiferenciado, y pierde de vista la naturaleza entendida como diálogo entre el hombre y Dios.

Retos: de una ecología humana hacia una ecología social
Es común la preocupación por el medio ambiente natural y un olvido por el medio ambiente humano; se deja de lado que la salvaguarda de las condiciones morales es el primer paso en el cultivo de una auténtica ecología.
En este contexto fue en el que nació el concepto ecología humana en la Encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II que no se puede olvidar: “Mientras nos preocupamos justamente, aunque mucho menos de lo necesario, de preservar los "hábitat" naturales de las diversas especies animales amenazadas de extinción, porque nos damos cuenta de que cada una de ellas aporta su propia contribución al equilibrio general de la tierra, nos esforzamos muy poco por salvaguardar las condiciones morales de una auténtica "ecología humana". No sólo la tierra ha sido dada por Dios al hombre, el cual debe usarla respetando la intención originaria de que es un bien, según la cual le ha sido dada; incluso el hombre es para sí mismo un don de Dios y, por tanto, debe respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado. Hay que mencionar en este contexto los graves problemas de la moderna urbanización, la necesidad de un urbanismo preocupado por la vida de las personas, así como la debida atención a una "ecología social" del trabajo.
El hombre recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Sin embargo, está condicionado por la estructura social en que vive, por la educación recibida y por el ambiente. Estos elementos pueden facilitar u obstaculizar su vivir según la verdad. Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. Demoler tales estructuras y sustituirlas con formas más auténticas de convivencia es un cometido que exige valentía y paciencia.
La primera estructura fundamental a favor de la "ecología humana" es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona”. (Centesimus annus 38-39).
A partir de una ecología humana debemos caminar hacia una ecología social que significa que, además de que el medio ambiente natural debe ser humanizado, encaminado al bien del hombre de hoy y de las generaciones futuras, el medio ambiente humano, la salvaguarda de la vida, de la familia, el trabajo, la ciudad -¡el respeto a una ecología propia!- también debe ser custodiado.

Para esto debemos lograr una:
1. Consolidación de una visión de progreso humano compatible con el respeto a la naturaleza. No basta con promulgar leyes, hay que modificar los comportamientos de las personas, de todas.
2. Solidaridad internacional: el cuidado del medio ambiente en el mundo es compromiso de todos, no sólo de algunos países. Esa solidaridad debe tener en cuenta las realidades y posibilidades de cada nación; de las desarrolladas y de los países pobres. Ningún país puede resolver por sí mismo los problemas relacionados con nuestro medio ambiente, de ahí que se deba anteponer la acción colectiva al interés personal.
3. Políticas públicas que promuevan las iniciativas internacionales basadas en la dignidad del ser humano que no lo hagan aparecer como enemigo ni caigan en catastrofismos. Esas políticas públicas debería encontrar vías y medios de mitigación y adaptación económicamente posibles para todos pues, muchas veces, las naciones pobres y algunos sectores de la población son más vulnerables a las consecuencias adversas del “cambio climático”. Además, los gobiernos deben ofrecer ayudas económicas e incentivos financieros para el desarrollo de tecnologías más adaptadas al ambiente para un mejor perfeccionamiento de las empresas públicas y privadas.
4. Mayor conciencia pública y educación: que la sociedad civil sea consciente de la necesidad del cuidado del medio ambiente y sea educada en ese cuidado; mientras más personas conozcan los diversos aspectos de los desafíos medioambientales, mejor sabrán responder. La educación debe ir focalizada a cambiar actitudes innatas egoístas de consumo y abuso de los recursos naturales.

Estamos llamados a conservar el medio ambiente para nosotros mismos, por nosotros mismos y para las generaciones futuras.

Anécdotas mucho muy mexicanas

Siempre resulta beneficioso para la salud en general quebrar el trabajo cotidiano para distensionarse un rato, por eso:
Va de cuento

Enrique Galván-Duque Tamborrel

“El sentido humorístico es el que nos permite reírnos a propósito de algo que nos haría rabiar si nos sucediera, y… si así fuera, pues también, ¡qué caray!” (Querien Vangal)


Que el amargor severo de la verdad os disimulo en chistes” dice el final del soneto que Leandro Fernández de Moratín escribió para el retrato de Felipe Blanco, el primer gracioso del teatro de Barcelona. El humorismo nace con frecuencia de humildad y de modestia, pero también de impotencia y de dolor. Así nosotros los mexicanos nos pintamos solos para hacer chistes de todo, pero principalmente de nosotros mismos, como decía un amigo japonés: “ustedes los mexicanos hacen burla hasta de ustedes mismos”, y efectivamente así es, pero no debemos darle importancia, al fin y al cabo el humorismo no es más que una lógica sutil.
En su “Historia de las ideas estéticas de España”, Marcelino Menéndez y Pelayo, comentando la Poética, de Richter, escribió en la Introducción: “El verdadero humorismo exige un espíritu poético, capaz de elevarse a la libertad y a la filosofía, y dotado, no de un gusto vacío, sino una manera más alta de considerar el universo”. Como vemos, hay mucho fondo e historia en esto del humorismo, ya sea cruel, inocente, burlón o negro.

Y Dios formó al mundo

Quien no recuerda la referencia encontrada en los manuscritos de Abraham en la que explicaba los pormenores de cuando Dios estaba conformando al mundo. Pensativo, el Señor estaba acomodando los continentes y distribuyendo los países, cuando se le acercó al ángel que lo asistía, cayado éste observaba la conformación que el Señor hacía cuando, de repente, el ángel rompió el silencio y le preguntó al Señor:
--“Por qué a este país, señalando a México, le estas dando muchas bienes naturales: costas, bosques, montañas, minerales, fauna, etc., notoriamente mucho más que a otros países.
El Señor le contestó; --“No te preocupes, así parece, pero voy a conservar el equilibrio colocando ahí a los mexicanos”.

Miguel de la Madrid y Ronald Reagan

Don Miguel de la Madrid, cuando estaba estrenando el cargo de Presidente de la República, viajó a Washington para entrevistarse con Ronald Reagan, a la sazón presidente de los EE.UU. Iba inquieto y muy preocupado porque se encontró la situación económica del país ---la que le dejó el perro, oh perdón. José López Portillo--- en una situación verdaderamente catastrófica ---cosa rara en México---, así que en el primer encuentro, una vez terminados los saludos protocolarios de rigor, lo primero que le espetó fue una breve exposición de la situación y el siguiente planteamiento (palabras menos, palabras más):
--“Oye Ronald, me encontré una situación económica desesperante, estamos totalmente quebrados, así es que ayer, en una sesión verdaderamente extenuante, el Congreso de mi país me autorizó a plantearte la posibilidad de que México se adhiera a los EE.UU.”
Por un momento se hizo el silencio, Reagan miró, sin decir nada, fijamente a los ojos de De la Madrid, reaccionó y le contestó:
--“Mira Miguel, eso que me dices de que el Congreso de tu país te autorizó bien sabes que no es tal, pues en tu país se hace lo que el presidente quiere; pero en fin, tu me lo dices y ahí queda, lo importante es tu propuesta, pero recuerda que aquí si se hace lo que el Congreso acuerda, así es que la someteré a su consideración”.
De la Madrid, acostumbrado a las decisiones sobre las rodillas, sin esconder su inquietud, le replicó:
--“Está bien Ronald, pero te suplico que procedas de inmediato, ya que como tu sabes mi estancia en esta será de sólo cuatro días y quisiera llevarme ya una respuesta”.
Reagan asintió y procedió a invitar a De la Madrid a la presentación protocolaria.
Pasaron los cuatro días, se acercaba la hora del regreso, y De la Madrid, notoriamente nervioso pues Reagan aún no le definía nada, esperó con ansias que éste llegara para la ceremonia protocolaria de la despedida. Finalmente llegó el presidente de los EE.UU., perfectamente escoltado y con todos los honores propios de la ocasión. Ya juntos, en voz baja, y como escondiéndose un poco, el presidente De la Madrid le dijo a su homólogo estadounidense:
--“Como tú puedes notar, no puedo esconder mi nerviosismo e inquietud por saber su decisión a mi propuesta, ya me estoy yendo y aún no me dices nada”.
Reagan, sin esconder la seriedad del asunto, le contestó:
--“Mira Miguel, los congresistas enfocaron con interés el asunto, eso no se puede ni debe negar; comprenden perfectamente que México anda mal porque su historia siempre es la de siempre, los políticos y sus compinches fabrican cuantiosas fortunas en cada régimen a costa del erario de la nación y pobreza de muchos, pero en fin, eso es un mal que por incorregible no es problema nuestro. En estas condiciones se acepta la propuesta, pero es muy importante que ustedes definan en cuánto tiempo desocupan el país”.
Don Miguel se quedó petrificado, se despidió, y con la cabeza gacha se dirigió al avión que lo conduciría a México de regreso. Esto sucedió allá por los albores del año 1983.

Allá por el año de 1954

El mundo se reponía de las heridas causadas por la II Guerra Mundial, Europa y Japón se reconstruía de los destrozos ayudados por el financiamiento de los EE.UU. al amparo del famoso Plan Marshal, llamado así por el General George Catlet Marshal quien, siendo Secretario de Estado del presidente Truman (1947 –1949), fue su autor.
México, para variar, se encontraba sumido en una crisis económica. El presidente de la República lo era a la sazón Don Adolfo Ruiz Cortinez, que, también para variar no le encontraba la salida al problema, sobre todo por arrastrar una gran deuda dejada por, y otra vez para variar, su antecesor Miguel Alemán Valdez que se despachó (él y sus amigachos, que los tenía en abundancia) con la cuchara grande.
Estando en una de las tantas juntas de gabinete que Don Adolfo hacía ---le encantaban las juntas, aunque fuera para contar chistes y jugar dominó---, hondamente preocupado ---cuando menos eso parecía--- por la situación, oyó una propuesta que unos de sus asesores de más confianza, misma que ya le había anunciado con mucha anticipación que le haría. En un momento dado, este Asesor pidió la palabra, se levantó de su silla y con aire muy ceremonioso dijo:
--“Con su venia señor presidente, usted sabe que acabo de hacer, por instrucciones suyas un extenso recorrido por Europa; pues bien, .realmente es impresionante la pujanza con que ese continente se está levantando de las cenizas dejadas por la guerra”.
En ese momento, uno de los presentes, interrumpiendo, espetó:
--“Claro, pero es por la millonaria suma de dólares que le proporciona los EE.UU. al amparo del Plan Marshal”.
–“Está bien, es verdad”, dijo el Asesor, y complementó: --“pero eso no les quita el mérito a los europeos que, derrotados y todo lo que se quiera, le están metiendo con responsabilidad, honestidad y echándole muchas ganas”.
--“Bueno, está bien, pero en qué nos beneficia todo eso a nosotros” replicó el Presidente.
–“En mucho”, contestó el Asesor, y siguió: “Nos están enseñando el camino a seguir”.
--¿Sí?, ¿Cómo?, preguntó el Presidente.
El Asesor, tomó su vaso con agua y le dio a esta un pequeño sorba, tranquilizando a los presentes, dijo:
--“Mire usted señor Presidente, ¿qué pasaría si le declaráramos nosotros la guerra a los EE.UU.? Todos los presentes, empezando por el Presidente reaccionaron sorprendidos. “No, no se alarmen, en un dos por tres nos derrotan y después nos ayudan con otro Plan “X” similar al Marshal, nos llenamos de dólares y ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”
De inmediato se hizo el alboroto, el Presidente se quedó admirado pero sin decir nada, lo que obviamente provocó que todos se callaran y en un momento hubo en la sala un silencio sepulcral. Después de un buen rato, en el que se podría oír volar a un mosquito, el Presidente Ruiz Cortinez, mirando fijamente a su brillante asesor, dijo:
--“Bien, su propuesta es mucho muy interesante, y pienso que podría ayudarnos a salir de una buena vez de esta maldita crisis económica en la que estamos sumidos, pero me brinca en la mente una inmensa duda, una sola, pero como dije es inmensa, ¿qué sucedería si nosotros ganáramos esa pretendida guerra?.
Incredulidad, admiración, todos quedaron atónitos y en silencio, obviamente quedó la pregunta en el aire y sin respuesta.

Nosotros, los gringos y la Luna

En 1927 Charles Lindbergh realizó lo que en aquellos días se consideró el acontecimiento del siglo XX: la primera travesía sin escalas sobrevolando el Atlántico Norte ---desde el Roossevelt Field, en Nueva York, a Le Bourget, en Paris--- piloteando su famoso avión Spirit of Saint Louis. Sólo --- en relación con la escala de la historia de la humanidad--- se necesitaron escasos 42 años ---julio de 1969--- para que Neil Armstrong y Edwin Eugene Aldrin ---estadounidenses ambos--- pisaran el suelo de la Luna. De entrada se antoja que no hay comparación, pero hay que analizar los hechos de acuerdo con las épocas y los medios de los que se disponían.
Pero en esto lo que si es muy importante hacer notar, es que los gringos creen que ellos fueron los primeros en pisar la Luna, y no, están perfectamente equivocados. Dos años antes ---en junio de 1967--- una expedición mexicana, integrada por 50 hombres, pusieron pié en la Luna y se instalaron en ella. La luna entonces contaba con una muy fértil vegetación, había agua en abundancia pues varios caudalosos ríos surcaban su superficie y desembocaban en grandes lagos, en fin era un verdadero paraíso.
Pero no había transcurrido un mes, cuando empezaron los pleitos entre ellos por la tenencia de la tierra, el derecho de uso del agua, los derechos laborales ---inmediatamente hubo conquistas---, etc. Inmediatamente se formaron varias corrientes para la integración de una central obrera, otra campesina y una popular, para lo cual se dieron una agarrón porque todos querían ser líderes. Mientras tanto empezaron a talar los árboles, a destruir los bosques, a matar animales ---la fauna era abundante y variada--- y a sobre explotar la tierra; todos querían sacar ventaja fregando al que se dejaba, era una total desunión.
Total, bastaron solamente 15 meses para que arrasaran con toda esa riqueza, claro, empezaron las enfermedades, se acabaron las medicinas ---habían calculado que la dotación que llevaron les alcanzaría para 20 años conservadoramente, tiempo suficiente para ir renovando el stock farmacéutico--- porque alguien se las empezó a robar para acapararlas y hacer pingüe negocio. Así, se fueron muriendo uno a uno hasta que no quedó ninguno, la Luna se convirtió en un páramo, y entonces fue que llegaron los gringos.
Moraleja: los mexicanos hemos sido, somos y seremos así, importamadristas a ultranza, genios y figuras hasta la sepultura. NI MAIZ.

El trueque: Japón por México

Hace aproximadamente 40 años, si mal no me acuerdo en 1962, siendo Presidente de la República Adolfo López Mateos, se suscitó un hecho que se mantuvo ---por obvias razones--- en secreto bastante tiempo hasta que alguien ---para variar--- filtró(1) la noticia ---para esto nos pintamos solos los mexicanos---, basta ver a los medios informativos actuales. Claro, como es noticia filtrada, se inventa y especula a discreción.
Bueno, pues resulta que los japoneses, que estaban en plena expansión comercial, le propusieron al embajador de nuestro país en Tokio que fuera portador de un mensaje súper confidencial: “El trueque de territorios”. ¡Caramba! Pensó el embajador, esto si que es una bomba. La propuesta incluía el compromiso por parte de los japoneses de dejar toda su industria instalada, con toda su tecnología, y en plena producción; además todo el asesoramiento necesario por tiempo indefinido hasta que los mexicanos nos capacitáramos a satisfacción de nosotros mismos. Y para completar el cuadro, nos pagarían una prima anual en forma vitalicia equivalente al 2% del PIB nuestro. ¡Caramba era una panacea!
Cuando a los gringos les llegó el “filtro” obviamente reaccionaron “ipso facto”, con no poca molestia, y mandaron inmediatamente sus mensajes de presión al Gobierno mexicano; al principio fue a través de nuestro embajador en Washington: ¡cómo van aceptar esa propuesta los mexicanos que siempre se han desgarrado la camiseta por su territorio! Como no vieron reacción importante alguna por parte de México, inmediatamente le enfocaron la presión directamente al Presidente López Mateos, hasta que lograron que este les contestara a los japoneses con un rotundo: “No señores, eso ni siquiera soñarlo”.
Pero pasadas las pesadas aguas, quedó en el aire la gran incógnita: ¿por qué de la virulenta reacción de los gringos? No tardo mucho en despejarse la duda, los gringos vislumbraron que, de llegarse a realizar el trueque, sucederían dos hechos, el primero no tan importante como el segundo, pero no como para no tomarse en cuenta dada la importancia del archipiélago japonés en la cuestión ecológica del Pacífico; y el segundo si de vital importancia para ellos. Esos hechos posibles, considerados con una probabilidad del 90%, eran: 1º.- Los mexicanos en menos de cinco años nos acabaríamos las islas, con todo e industrias. 2º.- Los japoneses en menos de cinco años se tragarían a los EE.UU. con todo y Tío SAM.
Por eso fue que respingaron los gringos y respiraron cuando López Mateos dijo NO, claro que después de quien sabe cuantas amenazas.
Moraleja: Así “semos” y así son.

(1) Forma elegante usada en la actualidad para expresar: corrupción, espionaje o traición.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Sucedió en Ciudad Juátez

Enrique Galván-Duque Tamborrel

La «Casa Gris»
Ciudad Juárez extendía su caserío en una llanura sobre la que los rayos del sol de verano reverberaban implacablemente, sin que siquiera las misérrimas aguas del río Bravo del Norte proporcionaran la menor frescura al ambiente caldeado. Y allí, junto a las arenosas orillas del enjuto río, en tierra mexicana y teniendo a la vista los pocos edificios altos de la ciudad, que se alargaba en barrios pueblerinos de trazos irregulares, Francisco Ignacio Madero estableció el cuartel general del Ejercito Libertador en dos cuartuchos de adobe, en cuya entrada flameaban unas pequeñas banderas de México.
La «Casa Gris» se llamó aquel recinto de adobe, envuelto en las tolvaneras del desierto, donde Madero ejecutó acciones definitivas para el porvenir de México, acompañado por su esposa Sara Pérez de Madero y por sus más fieles colaboradores: sus hermanos Raúl y Gustavo, los hermanos Roque y Fe4derico González Garza, Abraham González, Ing. Manuel Bonilla, Pascual Orozco, Francisco Villa, José Garibaldi, Cástulo Herrera, Dr. Francisco Vázquez Gómez, taquígrafo Elías de los Ríos, Dr. Ignacio Fernández de Lara, y con ellos, José María Pino Suárez, llegado desde Mérida fiel al llamado de la Revolución, que iba a convertirlo pronto en el Vicepresidente legal, y también un hombre barbudo, alto y severo, que miraba con frialdad y fijeza a través de sus anteojos de oro, que había sido presidente municipal de su ciudad natal Cuatro Ciénegas, Coahuila, luego diputado federal y senador por Coahuila, pese a lo cual se mantuvo siempre en la línea revolucionaria, como lo demostraba con su presencia en la «Casa Gris» dispuesto a contribuir con su esfuerzo a dar vigencia a los principios de la Constitución. Ese hombre era Venustiano Carranza.
Villa, Raúl Madero, Garibaldi y Orozco empezaban a distribuir estratégicamente a sus hombres detrás de montículos de arena, y a arrastrar a los modestos cañoncitos, fabricados por ellos mismos, para instalarlos en las pequeñas alturas de aquella árida y desolada región. La caballería había sido dejada en la retaguardia, por haberlo dispuesto así el Estado Mayor del señor Madero, que juzgaron inapropiado el uso de caballos en las míseras goteras de la ciudad.
Madero, con su típica indumentaria de campaña, junto a su esposa Sara, vestida de negro, desde las puertas de la «Casa Gris» contemplaba con cierta tensión como su ejercito se iba desplegando en orden de batalla delante de una ciudad defendida precariamente por un menguado cuerpo de ejercito al mando del viejo general porfiriano: Juan Navarro, esto a pesar de que recién había llegado el Coronel Manuel Tamborrel Macias, enviado especialmente para fortificar la plaza, quien además de ser especialista en esa materia era un connotado artillero, pero la labor de éste estaba muy limitada por los escasos recursos de que disponía. La verdad fue que el gobierno federal inicialmente subestimó esta acción, que fue definitiva para el desarrollo de los acontecimientos inmediatos: la renuncia de Porfirio Díaz y el triunfo de la primera etapa de la Revolución, pero cuando quisieron rectificar ya era demasiado tarde. Cabe decir también que el Coronel Tamborrel fue enviado por consigna de algunos oficiales, jerárquicamente superiores, con el afán de desprestigiarlo por envidia y porque sabían, cosa que él nunca escondió, de su simpatía con las ideas de Madero, de quien era amigo personal. Lo que nunca evaluaron esos tortuosos oficiales es que Tamborrel era un militar de carrera con una recia formación que lo llevó a cumplir con intachable responsabilidad su misión, muriendo heroicamente en cumplimiento de su deber y con apego a su honor.
Por otra parte, la ciudad era como un polvorín, por hallarse en la misma frontera con los Estados Unidos, separada por un estrecho río de la ciudad de El Paso, Texas, en cuyas inmediaciones ya se avistaban las fuerzas estadounidenses resguardando la línea internacional.

Una rimbombante embajada
En aquellas dramáticas condiciones y al borde de una inminente batalla, la tarde del 21 de abril de 1911, cuando el señor Madero platicaba con Francisco Villa y con Pascual Orozco, que día a día, desde que fue sitiada Ciudad Juárez, lo importunaban con su belicosa impaciencia, deseosos de lanzarse al ataque de una vez por todas y apoderarse de la ciudad, vio venir hacia él, jadeantes, a dos hombres cuya indumentaria revelaba que no eran campesinos o gente del pueblo.
Eran el potentado y senador porfirista Oscar Braniff y el licenciado Toribio Esquivel Obregón, abogado de pueblo e individuo de mucha suficiencia que había sido antirreleccionista, separándose del partido poco después de a convención del Tívoli del Eliseo. Llegaban de Nueva York, en donde habían hablado con el doctor Francisco Vázquez Gómez, agente confidencial de la Revolución, parta proponerle, a nombre de Porfirio Díaz ---por más que no fuesen enviados oficiales suyos, sino simplemente oficiosos--- establecer un arreglo entre la Revolución y el Porfiriato, a fin de terminar las hostilidades.
El doctor Vázquez Gómez impuso su condición básica: la renuncia inmediata de Porfirio Díaz, lo que hizo desistir a Braniff y a Esquivel Obregón de seguir tratando con él. Por eso decidieron ir al propio Madero, alentados desde México por José Yves Limantour, que en aquellos críticos momentos se había convertido en la “eminencia gris” del régimen, sin que se ocultara su interés por transar con los revolucionarios, guiados por su afán de preservar los intereses financieros del Porfiriato.
Lo primero que Braniff y Esquivel Obregón propusieron a Francisco I. Madero fue la celebración de un armisticio a fin de entablar, durante el mismo, conversaciones de paz, pero a esto, el caudillo de la Revolución replicó que no se entendería con ellos si antes no renunciaba Porfirio Díaz, se le entregaba Ciudad Juárez y se designaba presidente interino a Francisco León de la Barra.
Braniff y Esquivel Obregón comunicaron por telégrafo a Limantour la decisión de Madero en estos términos: VENIMOS DE VER A MADERO punto AFIRMASE CONDICIONES PARA ARMISTICIO ENTREGA CIUDAD JUAREZ coma RENUNCIA DEL SEÑOR PRESIDENTE punto PRESIDENTE INTERINO DE LA BARRA punto MADERO MANIFIESTA QUE CON OTRAS CONDICIONES NO SERA OBEDECIDO POR LA REVOLUCION punto SUAPENDIDO ATAQUE CIUDAD JUAREZ HASTA MAÑANA punto ¿QUE HACEMOS? punto.
Limantour repuso: DESPUES DE ESPONTANEOS Y PATRIOTICOS ESFUERZOS DE USTEDES TAN MAL CORRESPONDIDOS POR REVOLUCIONARIOS coma NADA VEO QUE PUEDA HACERSE POR AHORA punto.
Y en efecto, nada se hizo por el momento sino exacerbar los ánimos de los dos bandos que se azuzaban desde las barricadas de Ciudad Juárez, y desde las trincheras de costales de arena con que Madero había mandado cercar la plaza.
Además la población civil de Ciudad Juárez, subestimada hasta entonces, empezaba a inquietarse cada vez más, día a día, con un ejército a sus puertas y otro adentro, a punto de entablar combate en un descuido, al tiempo que, desde El Paso, los estadounidenses amenazaban con intervenir con las armas para defender sus bienes y las vidas de sus conciudadanos en caso de que hubiese guerra en la misma línea divisoria internacional.
Ante estas circunstancias y después de haber estudiado concienzudamente el caso, Madero decidió aceptar con los emisarios del dictador, y para el efecto fueron girados los partes de guerra entre ambos bandos.
Para entonces el presidente Díaz, en uno de los pocos momentos lúcidos que tenía, dentro de la gravedad de los males que le aquejaban ---el mayor de los cuales era una persistente fluxión facial---, ordenó a Limantour que designara como representante personal ante los revolucionarios, y lo enviara a Ciudad Juárez para tratar oficialmente con ellos, al licenciado Francisco Carvajal, magistrado de la Suprema Corte de Justicia.
Llegó Carvajal al campamento de Madero, bien instruido por Limantour sobre lo que debía hacer, y se reanudaron con él las gestiones, en el curso de las cuales los revolucionarios exigieron nuevamente la renuncia de Porfirio Díaz y además: que se propusiera para cuatro secretarías de Estado y para gobernantes de catorce entidades federativas ---entre ellas las del norte--- a personas de procedencia netamente revolucionarias y también que se hiciera efectivo y consciente el voto público; que se diese libertad a los presos políticos y se suspendiera toda persecución política, y que se expidiera un decreto de amnistía para los revolucionarios, los cuales debían ser indemnizados.
Los representantes del Porfiriato se negaron a aceptar aquellas proposiciones, bien instruidos como estaban, desde México, por Limantour y por Jorge Vera Estañol ---a la sazón encargado de la cartera de Gobernación--- que diariamente celebraban consejo de ministros en la misma recamara donde el dictador seguía postrado atendido por sus médicos de cabecera. De aquella recamara, donde el César parecía agonizar, había partido esta orden para Carvajal: Deben desecharse completamente las exigencias relativas a composición del ministerio, pues es asunto en que el señor Presidente no puede admitir la ingerencia de nadie.
En la abundante correspondencia que se cruzó en aquellos días entre el licenciado Francisco Carvajal y José Yves Limantour, puede apreciarse cuál era el pensar de los porfiristas respecto a los pretendidos arreglos con los revolucionarios: Se aprueba actitud de usted al negarse a discutir renuncia del señor Presidente, pues es punto respecto al cual el Gobierno no puede admitir decorosamente que se le impongan condiciones… Preciso es que se convenzan los revolucionarios que la renuncia no puede ser materia de pacto y que deben atenerse a lo que el Presidente resuelva hacer sobre el particular…

Pero… hubo una tregua
Al amanecer el 5 de mayo de 1911, un alegre toque de diana despertó a las fuerzas maderistas que se hallaban acampadas enfrente de Ciudad Juárez. Y a poco, en perfecto orden de formación, desfilaron uniformadas de la mejor manera posible, delante de una mesa puesta a campo raso y desde la cual Francisco I. Madero y sus consejeros, entre ellos muy serios Venustiano Carranza y José María Pino Suárez, presidían la conmemoración del la batalla del 5 de mayo de 1862, fecha en que las tropas mexicanas se cubrieron de gloria al derrotar a las francesas, en la que paradójicamente participó destacadamente la persona a la que hoy combatían: el entonces coronel Porfirio Díaz Mori.
Madero había no querido dejar pasar inadvertida aquella fecha, que celebró modestamente pero con gran emotividad, para fortalecer el ánimo de los soldados. Un improvisado trompeta vació sus pulmones con los aires de una marcha de honor, y los músicos tocaron el Himno Nacional. Y como el punto está colmado de esperanzas, el momento tuvo caracteres de solemnidad. De no pocos ojos brotaron lágrimas de recuerdo. Madero, con la cabeza en alto, parecía como si lo aureolara la victoria.
A esa misma hora, más o menos, en la ciudad de México, después de que hubo terminado el desfile militar con que también se conmemoraba la batalla del Cinco de Mayo, el Presidente de la República mandó llamar a José Yves Limantour y se dolió con él profundamente de la alarmante situación en que se hallaban las fuerzas federales en la frontera, y de la ineficacia de los esfuerzos que se hacían para aumentar el ejercito. Le pidió que le redactara un proyecto de manifiesto a la Nación convocando al pueblo a tomar las armas en defensa del orden público, de las instituciones y del Gobierno establecido, en la inteligencia de que si la Nación no le dispensaba su confianza, como lo había hecho en otras ocasiones de su vida, dejaría la presidencia.
Limantour se dispuso a preparar el texto del manifiesto cuya parte sustancial se refería a la muy pensada renuncia. Para ello acudió a Rosendo Pineda, destacado “científico”, quien redactó lo concerniente a la renuncia en estos términos: EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, QUE TIENE LA HONRA DE DIRIGIRSE AL PUEBLO MEXICANO EN ESTOS SOLEMNES MOMENTOS, SE RETIRARÁ, SÍ, DEL PODER, Y LO HARÁ EN FORMA DECOROSA QUE CONVIENE A LA NACIÓN, Y COMO CORRESPONDE A UN MANDATARIO QUE PODRÁ, SIN DUDA, HABER COMETIDO MUCHOS ERRORES, PERO QUE TAMBIÉN HA SABIDO DEFENDER A SU PATRIA Y SERVIRLA CON LEALTAD.
Como era lógico, el texto no agradó del todo a Porfirio Díaz, así que hubo de hacérsele una enmienda, referente, desde luego, a la temida renuncia, habiendo quedado definitivamente así: SE RETIRARA, SI, DEL PODER CUANDO SU CONCIENCIA LE DIGA QUE AL RETIRARSE NO ENTREGARA EL PAIS A LA ANARQUIA.
Y en tanto que el general Porfirio Díaz discutía con su conciencia cuál sería la hora apropiada para renunciar a la presidencia de la República, los revolucionarios, que tenían cercada a Ciudad Juárez, comenzaban a dudar de la seriedad y limpieza de propósitos de los emisarios del dictador, y como los cinco días del armisticio ya estaban vencidos, la situación se hizo insoportable.
Entre tanto, el calor agobiante embotaba a los guerrilleros que hacía más de quince días estaban apostados delante de Ciudad Juárez. A la inactividad se sumaba la falta de víveres y la reducida provisión de cartuchos, cosas que provocaban no pocas discusiones violentas entre los oficiales de Madero. Pesaba sobre las fuerzas revolucionarias una tensión evidente, que parecía resumirse y concentrarse en la figura del propio Madero, cuando iba y venía durante mucho rato frente a la «Casa Gris» con las manos a la espalda y mirando al suelo, como si su cabeza se doblara bajo el peso de enormes preocupaciones.
El jefe de la Revolución tenía motivos para estar preocupado y aun sentir un creciente malestar. Porque las gestiones de paz se prolongaban estérilmente, y al mismo tiempo sus propios correligionarios tenían dificultades para ponerse de acuerdo con los términos del convenio que se quería negociar con los porfiristas. Estos, por otra parte, habían demostrado que estaban dispuestos a impedir a toda costa que los revolucionarios llegasen a formar parte del gobierno, aun después de la renuncia de Porfirio Díaz.

Intransigencia
En una de aquellas noches de largas y tediosas conversaciones con Braniff, Esquivel Obregón y Carvajal, a las que asistían, asesorando a Francisco I. Madero, su padre Don Francisco, el doctor Francisco Vázquez Gómez, Venustiano Carranza y el licenciado José María Pino Suárez, Braniff se extendió sobre el peligro de la intervención estadounidense, la que indudablemente sobrevendría si los revolucionarios atacaban Ciudad Juárez, pues las balas lloverían también sobre El Paso, Texas, causando perjuicios a los ciudadanos del otro lado del río. Madero, alzando un pie sobre la silla y apoyándose sobre el respaldo de la misma, lo interrumpió con vehemencia diciéndole: “¿La intervención? ¡También combatiremos a los invasores! ¿Por ventura ha de permanecer el pueblo mexicano esclavizado por déspotas, hijos de su propio suelo, por temor de que vengan tiranos extranjeros a arrebatarle una libertad de que no disfruta, y una irrisoria soberanía? ¡Si los Estados Unidos intervienen, ustedes y no nosotros serán los culpables y los que habrán acarreado mal tan grande a la república, pues nosotros únicamente buscamos nuestra libertad, en tanto que ustedes se aferran en mantener al pueblo en la esclavitud!”
Alguien habló de la renuncia de los señores Díaz y Corral (Ramón Corral vicepresidente de la República) y de un gobierno mixto en que la Revolución estaría representada por cuatro ministros y catorce gobernadores; y de improviso, un hombre como de cincuenta años, que desde el principio de la reunión se había situado en un rincón del local donde la lámpara no alcanzaba a iluminar, irguió su talla, mostrando su rostro de enérgicas líneas ornado por una barba luenga y entrecana, y exclamó con vos poderosa: “Nosotros, los verdaderos exponentes de la voluntad del pueblo mexicano no podemos aceptar las renuncias de los señores Díaz y Corral porque, implícitamente, reconoceríamos la legitimidad de su gobierno, falseando así la base del Plan de San Luis Potosí. La Revolución es de principios; la Revolución no es personalista, y si sigue al señor Madero es porque enarboló la enseña de nuestros derechos; y si mañana, por desgracia, este lábaro santo cayera de sus manos, otras cien manos robustas se apresurarían a recogerlo. Así, nosotros no queremos ni ministros no gobernadores, sino que se cumpla la soberana voluntad de la Nación. ¡Revolución que transa es Revolución perdida! Las grandes victorias sociales sólo se llevarán a cabo por medio de victorias decisivas. Si nosotros no aprovechamos la oportunidad de entrar en la ciudad de México al frente de cien mil hombres y pretendemos encauzar la reforma por la senda de una ficticia legalidad, pronto perderemos nuestro prestigio y reaccionarán los amigos de la dictadura. Las revoluciones, para triunfar de modo definitivo, necesitan ser implacables. ¿Qué ganaremos con la retirada de los señores Díaz y Corral? Quedarán amigos en el poder, quedará el sistema corrompido que hoy combatimos; el interinato será una prolongación viciosa, anémica y estéril de la dictadura; al lado de esa rama podrida, el elemento sano de la Revolución se contaminaría; sobrevendrían días de lucha y miseria para la República; el pueblo nos maldecirá porque por un humanitarismo enfermizo, por ahorrar unas cuantas gotas de sangre culpable, habremos malogrado el fruto de tantos esfuerzos y de tantos sacrificios. Lo repito: ¡La Revolución que tranza se suicida!”. El hombre que hablaba con tal vehemencia er4a Venustiano Carranza.
Un sordo malestar va invadiendo las filas de los jefes revolucionarios ante tantas discusiones y puntos de vista diferentes. Para evitar que ocurran rompimientos que serían de grandísimas consecuencias, y también a fin de no dar ocasión a que las tropas estadounidenses hagan violenta presión para impedir daños en su territorio, Francisco I. Madero decide la mañana del 7 de mayo levantar el campamento y retirarse de las inmediaciones de Ciudad Juárez, para dirigirse hacia el sur, tal vez a atacar la ciudad de Chihuahua.
«Don Francisco está a caballo. Doña Sara aborda un guayín; la acompaña el señor Pino Suárez. Don Abraham González también calza espuelas. El coronel Francisco Villa marchará a la vanguardia. Pascual Orozco levantará sus fuerzas que están frente a Juárez, y tiene órdenes de concentrarse en un punto y vigilar los movimientos del enemigo. José Garibaldi y Roque González Garza, se han adelantado al señor Madero para organizar la transportación de revolucionarios a bordo del ferrocarril. Los últimos en despedirse del presidente provisional son don Venustiano Carranza, quien dirigirá la revolución en Coahuila; Don Manuel Bonilla, comisionado del gobierno de Sinaloa y don José María Maytorena, quien tiene instrucciones para dar vuelos a la revuelta de Sonora»
Muy temprano aquel día, un ayudante personal del señor Madero había andado por el campamento repartiendo muchas provisiones entre la tropa y diciéndoles “que ya se podían todos ir cada quien a su casa, porque ya se había terminado la Revolución”
Extrañados y sorprendidos por lo que les acababan de informar, emprendieron la marcha, unos a caballo y otros a pie, siguiendo un camino paralelo a la línea divisoria. Habrían caminado unos diez kilómetros cuando fueron alcanzados por unos emisarios de Pancho Villa, que les instaba a regresar porque ya se iba a comenzar el ataque: “¡No se vayan compañeros, regresen, ya vamos a comenzar la pelea contra los pelones! ¡Villa nos llama, nos necesita; ahora si es la verdad, ya vamos a pelear!....
¿Qué había ocurrido? Que Madero, ya de salida, se enteró por los periódicos de El Paso, Texas, de que el presidente Díaz había publicado un manifiesto en el que hablaba de renunciar a la Presidencia de la República, lo que le hizo pensar que el camino se había allanado para el triunfo de la Revolución. Así pues, determinó volver a situarse frente a Ciudad Juárez a esperar que los emisarios de Porfirio Díaz vinieran con la noticia formal de la renuncia, y con la aceptación de las condiciones puestas por los revolucionarios para cesar con las hostilidades.
Pero los acontecimientos se precipitaron en forma inesperada, afirmando, hasta el final y como lo ha comentado un autor, que “la toma de Ciudad Juárez es un remedo de la legendaria captura de Troya por los griegos”.

Y… se provoca la batalla
Mientras Emiliano Zapata y Ambrosio Figueroa extendían la Revolución por los estados de Morelos y Guerrero, en el norte del país, Madero había decidido abandonar el asedio a Ciudad Juárez, temeroso entre otras cosas, de provocar un conflicto internacional con los Estados Unidos que pudiera perjudicar la causa.
La población de Ciudad Juárez se agotó inquieta al difundirse la noticia de que las tropas de Francisco I. Madero, que habían iniciado la retirada 24 horas antes, después de veinte días de acecho, retornaban sorpresivamente volviendo a cercar la ciudad. La «Casa Gris», donde Madero se había entrevistado con los emisarios de Porfirio Díaz, volvió a servir de cuartel general al Ejercito Libertador.
Allí, rodeado de quienes más tarde serían los miembros de su gabinete y de los más valerosos jefes revolucionarios, Madero esperaba confirmar la noticia de la renuncia del dictador.
El destino que muchas veces lleva a los seres humanos a circunstancias imprevistas ---felices unas, amargas otras--- colocó entre las fuerzas maderistas, que asediaban la plaza de Ciudad Juárez, al licenciado José María Pino Suárez, y en las federales, que defendían la misma, al coronel Manuel Tamborrel Macías; ambos de mucho prestigio en sus respectivas profesiones. El primero era un connotado abogado muy versado en los problemas sociales de la Nación; y el segundo de mucho prestigio y largo historial como pundonoroso, valiente y, sobre todo, como conocedor de su profesión y la responsabilidad que ella conllevaba.
Fue el coronel Tamborrel un famoso artillero que en una ocasión asombró a los Estados Mayores de los principales ejércitos de Europa, por sus profundos conocimientos en la materia, triunfando con admirables tiros de precisión; y fue también maestro del Colegio Militar de Chapultepec. Siempre estuvo en contra de la podredumbre que se había creado bajo la sombra de Porfirio Díaz, pero siempre se mantuvo incólume su lealtad al Ejército y a las leyes constitucionales vigentes, ambas juramentadas como militar de carrera que era.
Por ese motivo, azuzado también por intrigas de su Estado Mayor, Porfirio Díaz le tenía animadversión y no perdía ocasión de postergarlo, encomendándole las peores comisiones de entonces, como la campaña del Yaqui o la guerra contra los mayas; así como las plazas más crueles ---secas, áridas y calientes. Todos estaban enterados de esa antipatía recíproca. Tamborrel trinaba pero aguantaba disciplinadamente, pues era un excelente soldado y tenía un elevado concepto del deber, del honor y del apellido que llevaba.
Cuando surgió Francisco I. Madero en el horizonte político de México, Tamborrel lo conoció y simpatizó con él y con sus ideales, lo cual, por sus principios no podía ser de otro modo, pero eso no le hizo variar su conducta en el aspecto militar y en el del deber. Los acontecimientos se dejaron venir, desencadenándose por todas partes, la Nación antera pedía un cambio.
Era ya un hecho, el triunfo de la Revolución se hacía sentir. Las fuerzas maderistas se dirigían a Ciudad Juárez, había que impedir que tomaran la plaza, porque de ello dependería la base de su aprovisionamiento. El Estado Mayor porfirista, con ojo certero pasó revista a los jefes de su ejército, todos más o menos buenos, pero era necesario que fuera definitivamente, excepcional, sobresaliente y, sobre todo buen artillero y fortificador, aspectos que entonces eran decisivos en la guerra, particularmente en el caso de Ciudad Juárez, por su posición y condiciones generales… y se pensó en Tamborrel… y allá lo mandaron ---hasta aquí todo bien, pero lo que no le dijeron es que contaría con escasos recursos y limitados efectivos, aspectos que cuando quisieron remediar era demasiado tarde. Gente que apreciaba y respetaba al coronel Tamborrel, comentaron posteriormente que lo mandaron con la traidora intención de alejarlo del centro por su posición incómoda para algunos superiores y subversivamente lo limitaron de recursos; no les importaba perder la plaza, cosa que tardíamente quisieron remediar, pero ya era demasiado tarde. ¡Cómo lo lamentaron después!
En síntesis, escogieron al mejor, pero como les estorbaba, lo limitaron de recursos y le importaba un comino perder la plaza, pero así mataban dos pájaros de un tiro: eliminaban al incómodo y se deshacían del “viejo senil” (Porfirio Díaz) para adueñarse del poder, pero “el tiro les alió por la culata” y, en esta ocasión, fracasaron en su intento. Sin embargo, cegados por su ambición y deseos de venganza, no cejaron en ponerle todo tipo de obstáculos al noble Madero y aproximadamente dos años después, apadrinaron al sicario Victoriano Huerta para lograr al fin treparse al poder, pero… ---el eterno pero--- no contaban con la astucia maléfica de Victoriano que acabó por dejarlos fuera de la jugada, cosa que tampoco le valió al sicario porque, en menos de dos años, pagaría su maldita osadía. La historia mexicana lamentablemente está plagada de ese tipo de acciones, en las que las bajas pasiones humanas prevalecen sobre la responsabilidad, el deber y el honor.
Y así fue que algunos sobrevivientes de esos malditos supieron treparse al carro de la triunfante Revolución y con el tiempo fueron apareciendo en la escena política para hacer de las suyas. Triste México en el que acaban gobernando los malos y, cuando surge alguien bueno, responsable y noble, se lo acaban como alimañas sedientas de sangre sana.

En Ciudad Juárez, el coronel Manuel Tamborrel Macías se encontró con el general Juan Navarro, buen militar, pero ya sugestionado, pesimista y desmoralizado. Tamborrel lo inyectó de ánimo, tomó providencias, con los escasos recursos con los que contaba fortificó cuanto y como pudo, disciplinó a la tropa y no paró hasta que todo estuvo listo conforme a sus deseos.
Pero resultó que Porfirio Díaz ---siguen las intrigas---, seguramente mal informado y aconsejado, a la mera hora desconfió de Tamborrel, pero como ya no había tiempo de sustituirlo, le dirigió un mensaje que fue muy conocido, en el que le decía: “Confío en su honor de militar y en sus conocimientos”. Tamborrel le contestó: “Gracias, conozco perfectamente cual es mi deber, no necesito que nadie me lo recuerde”.
Mientras tanto, las tropas maderistas se habían acercado a Ciudad Juárez y la rodeaban hasta donde era posible. Los jefes revolucionarios constantemente visitaban la vecina ciudad de El Paso, Texas, en donde también era frecuentemente estuvieran Navarro y Tamborrel. Allí se encontraban con recelo, algunos se saludaban con respeto y hasta charlaban. En dos o tres ocasiones se encontraron los parientes políticos: el Lic. José María Pino Suárez y el coronel Manuel Tamborrel Macías, el primero de las fuerzas maderistas y primo hermano de Clementina Suárez de Tamborrel, y el segundo del ejército federal y primo hermano de José Tamborrel Siqueiros, esposo de Clementina. Cada uno en campo opuesto, cada uno luchando por su deber, marcados por las circunstancias y su destino.
Un día, ya en vísperas del primer ataque, se encontraron el señor Madero y el coronel Tamborrel, se conocían bien y se saludaron con respeto. Tamborrel le dijo: “Simpatizo con su causa, pero mi deber de soldado es combatirlo…. En mis circunstancias ya no tengo tiempo para otra cosa… Aquí amigos, allá enemigos y, desgraciadamente, mortales”. Se abrazaron, se despidieron y mutuamente se desearon suerte.
Cierto descontento, provocado por falta de acción y dilaciones de las pláticas de paz, comenzó a cundir entre las tropas maderistas. La gran mayoría estimaba, y lo decía en voz alta, que el jefe Madero, con su ingénita bondad, estaba siendo víctima de las artimañas del gobierno de México. Por doquiera se hablaba de la proximidad del general Antonio Rábago con fuertes contingentes militares, por lo que no pensaban en otra cosa sino en combatir.
A raíz del pactado armisticio confidencial del 22 de abril de 1911, los señores Francisco I. Madero y Oscar Braniff habían proporcionado de su peculio algunos miles de dólares para adquirir comestibles y alguno vestuario para las tropas, habiendo conseguido a la vez que el general Navarro permitiera que esos elementos pasaran por el puente internacional. Pero, como era de esperarse, esas provisiones se agotaron rápidamente. La disciplina de un conglomerado armado de carácter netamente revolucionario, laxa ya de por si, tiende a relajarse cuando se lo somete a un periodo de expectación demasiado prolongado… Garibaldi, Villa, José de la Luz Blanco y otros jefes, eran de parecer que la plaza se tomara sin mayores dificultades, no obstante que la suponían en mejores condiciones de defensa de lo que en realidad disponía. El armisticio confidencial terminó el 6 de mayo de 1911.
Madero volvió a caer en la indecisión, al mismo tiempo que seguía negándose a atacar la plaza sitiada. Así llegó el 8 de mayo: al mediodía mandó buscar urgentemente a Pascual Orozco y a Francisco Villa, para no perderlos de vista, pues sabía muy bien hasta donde podía llevarlos su impetuosidad y arrojo; pero ni Orozco ni Villa aparecieron por ningún parte. A esa hora ambos se hallaban muy cerca de las fortificaciones de Ciudad Juárez, decididos a hacer algo en firme; Villa mandó llamar a dos muchachos que andaban por ahí y les dijo: “Muchachitos, acérquense a los “pelones” lo más que puedan y dispárenles unos cuantos tiros, y luego se regresan al campamento”. Así lo hicieron los dos muchachos, pero sólo uno regresó, el otro fue alcanzado por las balas federales.
A esa misma hora, por otro rumbo, varios hombres de Pascual Orozco, que andaban dispersos, se acercaron a unas huertas de la ciudad como para cortar fruta, aunque sólo lo hicieron para estar más cerca de los federales y poder gritarles insultos y amenazas, lo que provocó un tiroteo inmediato por ambas partes.
Al anochecer, Orozco y Villa llegaron a la «Casa Gris» y Madero les preguntó:
--- ¿Qué sucede?
--- Nada ---repuso Villa--- que ya están tiroteando algunos soldados.
--- A ver qué se hace, hay que retirar a esa gente inmediatamente ---dispuso Madero.
--- Muy bien señor presidente, como usted lo ordene ---responden Villa y Orozco, retirándose en el acto dizque a cumplir la orden de Madero, pero en realidad lo que hicieron fue mandar más gente para azuzar a los demás para que arreciaran el fuego.
Cuando Madero, en su desesperación porque no se cumplían sus órdenes, se fue a buscar a Villa y Orozco, en cuanto los encontró les preguntó, con tono que ya a las claras demostraba disgusto:
--- ¿Qué pasa, por fin retiran o no retiran a la gente?
--- Señor presidente, la retirada yo no es posible, los ánimos entre la tropa ya están exaltados y no quieren más que pelear ---le contestaron resueltamente Orozco y Villa.

El señor Madero permaneció serio, como si estuviera ajeno a toda decisión, y luego les contesta:
--- Pues si es así, ¡Qué le vamos hacer!

Serían las tres de la mañana, cuando Villa citó a junta a los jefes que estaban bajo su mando. Allí, en la penumbra de la madrugada, les da las últimas y terminantes instrucciones:
--- Amiguitos: la plaza de Ciudad Juárez debe estar en poder de la Revolución. Yo sé que está muy bien defendida, pero no tanto como para que con un poco de voluntad y audacia no lo podamos rendir. Compañeros, si somos capaces del arrojo que debe tener todo jefe leal que sabe cumplir con su deber, no nos va a ser muy difícil. El enemigo no tiene tantas ganas de morir, como nosotros de dar batalla, que será decisiva para el triunfo de nuestra causa. Todo está en entrar duro y parejo. Sobre todo cuiden de que no decaiga el ánimo de la tropa, ¿Entendidos?
Entre tanto, los coroneles maderistas Marcelo Caraveo y Agustín Estrada habían detenido en Bauche, Chihuahua, cerca de Ciudad Juárez, al general Rábago, quien se acercaba con una columna militar para auxiliar a la ciudad sitiada. Empezaban los combates, se desató el furor de unos y otros. Los maderistas avanzaban, las fortificaciones que coronel Tamborrel levantara para defender la ciudad eran derribadas por el ímpetu y decisión de los revolucionarios.
Desde la «Casa Gris», Madero contemplaba angustiosamente cómo la línea de fuego se iba extendiendo en torno a la ciudad. Enterado de que los federales acababan de dar muerte al emisario de paz que había enviado al general Navarro, dio la orden de entrar en batalla y mandó al coronel José de la Luz Blanco a que reforzara con todos sus hombres a Villa y Orozco.
Por fin entraron en la plaza, Tamborrel la defendía con coraje, como tigre acorralado; primero con artillería, después con ametralladora y, por último, ya herido y moribundo, con su pistola, que disparó ya estando completamente ciego por causa de una granada que le estalló cerca. Ahí quedó tirado en la calle, detrás de un poste. De ahí fue levantado.
--- ¡Arriba, muchachos, que ya se comienza a mirar el grano del rifle! ¡Adelante, muchachos, que ya mero se nos hace! ---les gritaba Pancho Villa a sus huestes que no dejaban de repetir ellos también: ¡Viva la Revolución! ¡Abajo el mal gobierno!
A poco, el coronel Francisco Villa se presentó ante Madero y le dijo:
--- El general Juan Navarro con sus oficiales y todas sus fuerzas están en poder de la Revolución y a disposición de usted. La plaza de Ciudad Juárez se ha rendido ante las armas de la Revolución. Si usted gusta señor Madero, ya nos podemos ir a la ciudad.
--- ¿Qué me estás diciendo Pancho? ---replicó Madero.
--- Que Ciudad Juárez está a disposición de usted, que ya es nuestra. ---concluyó Villa.
Francisco Madero, profundamente emocionado, estrechó en un fuete abrazo al rudo francisco Villa. Después de setenta y dos horas de intensos y sangrientos combates, Ciudad Juárez cayó en poder de la Revolución el 10 de mayo de 1911. Fue el hecho de armas más significativo en la primera etapa de aquel movimiento libertario social de México.

El señor Madero ordenó que los funerales del coronel Manuel Tamborrel Macías se hicieran como correspondía a su graduación y a la heroica forma en que había sucumbido. El general e ingeniero Pascual Ortiz Rubio, revolucionario y expresidente de la República, en su obra “La Revolución de 1910”, dice: “Se verificaron con pompa los funerales del coronel Manuel Tamborrel Macías, que murió como un valiente. Le hicieron los honores una compañía de infantes revolucionarios y un escuadrón de caballería, a las inmediatas órdenes de los jefes prisioneros. Al descender el cuerpo en su sepultura se hizo una descarga de fusilería y los tambores batieron marcha de honor”
Esta noble actitud del señor Madero causó desagrado de muchos revolucionarios que no encontraban razón para proceder así con un hombre que había sido su enemigo, que les había causado muchas bajas y que les había dado mucho quehacer. En cuanto al general Navarro, que fue hecho prisionero, el señor Madero personalmente lo ayudó a cruzar el río Bravo y pasar a los Estados Unidos, poniéndolo a salvo, en un sitio seguro, en lugar de fusilarlo como lo hubiera hecho cualquier otro de los jefes revolucionarios. Madero, todo generosidad y nobleza, era incapaz de hacer una cosa así, todos comentaban que si el resultado hubiera sido al revés, y el señor Madero hubiera caído prisionero, el general Navarro no hubiera titubeado en fusilarlo inmediatamente. A este comentario, Madero siempre contestaba: “No porque otro sea asesino yo lo voy a ser”
Todos los gestos de nobleza del señor Madero herían y molestaban a los sanguinarios de la Revolución ---desgraciadamente proliferaron y mucho daño le hicieron a ésta---, que todo querían arreglar destruyendo y matando sin piedad. La formidable y ejemplar actitud del señor Madero para con el general Navarro y el coronel Tamborrel colmó la sed de sangre y venganza a ultranza; no pudieron soportar los honores militares en el sepelio de Tamborrel, acto que fue, según ellos, una vergonzosa humillación. Lo de salvar a Navarro lo consideraron una imperdonable tontería. Los más disgustados eran Pascual Orozco y Francisco Villa, quienes después de buscarse para comentar lo sucedido y dizque sus consecuencias, resolvieron dar un paso lamentable pero que fue a la postre aleccionador.

Relucen las pistolas
El edificio de la Aduana de Ciudad Juárez se había convertido en el cuartel general del presidente provisional de México, cargo que tenía el señor Madero desde que el Plan de San Luis recibió la adhesión del pueblo mexicano; y contando ya como capital improvisada a Ciudad Juárez, procedió a nombrar su gabinete en la forma siguiente: ministro de Relaciones Exteriores: Francisco Vázquez Gómez; de Hacienda: Gustavo A. Madero; de Guerra: Venustiano Carranza; de Gobernación: Federico González Garza; de Justicia: José María Pino Suárez y de Comunicaciones: Manuel Bonilla.
Aún humeaban los fusiles con que se había ganado la plaza, cuando, el 13 de mayo de 1911, sábado, un incidente que casi se convierte en motín, interrumpió la buena armonía de los jefes revolucionarios y mostró ingratas aristas en el carácter de algunos de ellos, Pero dejemos que sea Juan Sánchez Azcona, secretario particular del señor Madero, nos platique el episodio y sus derivaciones:
“Ese día iba yo acompañado de mi hijo Juan. Al llegar a la Jefatura nos sorprendió encontrar a su puerta gran hacinamiento de gente. El portal de la entrada estaba resguardado por Juan Dosal y sus hombres. Abrimos paso entre la muchedumbre para llegar a ese lugar, y alguien nos dijo: ‘Pasa algo grave; el presidente y el general Orozco tienen una gran disputa’. El mayor Dosal nos franqueó la entrada y al llegar al salón de juntas, oímos grandes clamores y vimos con sorpresa que un grupo de hombres se debatía forcejeando desesperadamente: Orozco con el brazo izquierdo tenía enlazado a Madero, mientras que en su diestra mano empuñaba una pistola; Madero exclamaba: ‘Yo soy el presidente’ y Orozco rugía; ‘Pero no sale usted señor Madero, no sale usted…’ Don Abraham Gonzáles y Gustavo A. Madero, éste también con pistola en mano, trataban de separar a madero y Orozco; y así, forcejeando, Madero, completamente inerme, con la fuerza de sus músculos logró llegar hasta la puerta, la traspuso pasando frente a Dosal que permaneció atónito y salió hasta la calle. Nadie más que ellos dos pudieron salir. Estaban en la Jefatura todos los miembros del gabinete (con excepción del Dr. Vázquez Gómez y de don Venustiano Carranza). Juan Dosal y sus hombres nos interceptaron el paso diciendo: ‘Nadie sale….’ Oímos gritos de las tropas que clamaban a Pascual Orozco… Pino Suárez trepó sobre las sillas para ver u oír que acontecía. Se había hecho un gran silencio, y Madero, desde lo alto de un automóvil, arengaba a las tropas, más de cien hombres, casi todos de las fuerzas de Orozco.
Madero gritó:
‘Aquí estoy, matadme si queréis… O conmigo o contra Orozco ¿Quién es el Presidente de la República?...
El general Garibaldi gritó: ‘¡Viva Madero!’ y toda la tropa secundó el grito, que fue repetido muchas veces, Orozco parecía anonadado. Entretanto, Villa se acercaba al coche y decía conmovido al Presidente provisional: ‘Ajusíleme usted Madero, castígueme, castígueme…’ Y Madero, que había recobrado su sonrisa habitual: ‘Qué te he de fusilar, si eres un bravo…’ Y a Orozco: ‘General todo ha pasado… Venga a tratar conmigo serenamente, dígame.’
Orozco expresó que no creía justo que las tropas sufrieran penalidades. Enérgicamente contestó Madero que la penuria de las tropas no era tanta como Orozco la presentaba, desde el momento en que había víveres en los almacenes, y que muy pronto quedaría resuelta la inmediata situación económica, con el funcionamiento de la Aduana; que, por lo demás, ningún caso estaba dispuesto a someterse a la fuerza bruta.
Despidiese Orozco, al parecer calmado; Madero acordó lo más urgente con nosotros, y en seguida se marchó a poner a salvo al general Navarro, porque, después de lo acontecido, era de temerse algún atentado en su contra.
Desde aquel momento data el ‘maderísmo’ de Pancho Villa, que perduró hasta su muerte, no obstante que estuvo preso durante la presidencia constitucional de Madero. Días después del motín, villa nos decía a Pino Suárez, a Bonilla y a mí: ‘Cuabdo pienso en el mal que quise hacer al señor Madero, me siento el corazón entre dos piedras’”
Con respeto a la situación del exdefensor de Ciudad Juárez, el general Juan Navarro, a quien se decía que Orozco y Villa insistían en hacer fusilar, acusándolo, juntamente con el coronel Caraveo, de haber ametrallado en un panteón a los prisioneros y heridos revolucionarios que capturó en la batalla de Mal Paso, un boletín que hizo imprimir Madero aquel mismo 13 de mayo, volviendo a enseñar su nobleza y humanismo, decía lo siguiente: “Como supe que algunos soldados mal aconsejados, trataban de infligir alguna ofensa al general Juan Navarro, lo tomé bajo mi custodia, desde un principio, en mi propia casa; pero, como no podía estar siempre a su lado, con lo que pasó, concebí temores de que en mi ausencia podría ser molestado. Para evitarlo, lo conduje en persona a un lugar apropiado para que pudiera cruzar el río y refugiarse en el lado americano, en donde continúa siendo mi prisionero de guerra, bajo su palabra de honor.
En honor de Orozco debo decir que él mismo propuso que podríamos hacerlo de este modo desde un principio, y el mismo Villa, cuando le comuniqué mi propósito de garantizar la vida de Navarro, me dijo que obrara como quisiera, con lo cual quedaría conforme, En consecuencia, no es verdad, como se asegura, que mis oficiales o soldados me hayan exigido la vida del prisionero, pues así como son valientes en el combate, son generosos en la victoria”


Esta fue la versión oficial de ese histórico episodio. Con esto volvió a demostrar el señor don Francisco I. Madero su calidad de hombre probo, noble y humano. De los hombres cuya presencia en el mundo contrarresta tanta ignominia. Seres excepcionales a quienes la única forma de eliminarlos es asesinándolos, como asesinaron a Jesucristo. Los matan físicamente pero nunca a su espíritu ni a sus enseñanzas que prevalecen eternamente para bien de la humanidad.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Dialogo de odiotas

Fuente: Yoinfluyo
Autor:
Roberto Salinas

Los políticos, sobre todo los que exhiben impulsos mesiánicos, son dados a decir que ellos “hablan con la verdad”. Pero si hablan con la verdad, entonces cualquier postura encontrada con su posición se convierte, instantáneamente, en objeto de descalificación. El diálogo, la apertura ante una pluralidad de ideas, de conjeturas, de refutaciones, ensayo y error, se vuelve un juego entre idiotas, mismos que presumen disfrutar un monopolio sobre la verdad. El modelo autoritario de nación, hasta el alternativo, aborrece la disputa, el mero acto de no estar de acuerdo. Los enemigos reales de la razón, decía Isaiah Berlin, son esos que suponen tener un acceso privilegiado a la verdad. No toleran que otros disientan, que se manifiesten en contra, sea con un artículo periodístico, una manifestación social, hasta una exclamación de que dejemos a otros hablar: “¿por qué no te callas?”.
Sin un diálogo abierto, no hay posibilidad de tolerar diferencias, por consiguiente, no hay oportunidad de cultivar una cultura de libertad. Los presidentes se vuelven eternos, como Chávez y Castro. La libertad de elegir, por el contrario, implica la agonía de nunca saber si tenemos toda la razón sobre todos los aspectos de la sociedad. La función de una conversación civilizada es usar la dialéctica (conversar) en forma abierta, con el fin de ir puliendo ideas, de aprovechar la curva de aprendizaje de un proceso de ensayo y error, de progresar vía una evolución de intercambios intelectuales. No se trata de callar, a menos de que nunca dejes hablar. En una sociedad abierta reconocemos que la vida está llena de incertidumbres, complejidades y paradojas. No es reducible a una fórmula preconcebida, a un plan alternativo, a un proyecto total. En esta circunstancia, la humildad ante el conocimiento es un ingrediente capital para fomentar la libertad y la civilidad entre los seres de una sociedad. Michael Oakeshott, otro gran filósofo de la libertad, defendía un concepto plural de conversación, una multiplicidad de voces (ciencia, poesía, política y otras más), donde no existe una voz que predomine sobre otras. El propósito es mantener el diálogo vivo, es mantener la conversación abierta, que no lleguen los tiranos, los demagogos, los idiotas, o los que presumen hablar con la verdad, y cierren esta apertura de ideas. Para estos y otros de su especie, un argumento se gana con la expropiación de bienes, con la guillotina, con la fuerza brutal de una policía intelectual. Una sociedad abierta celebra las chachalacas, racionales o despistadas, pero exige que se pueda llevar a cabo un argumento, un esfuerzo por cambiar las opiniones de otros, en lo que Wilfrid Sellars llamaba un “espacio lógico de razones”. La descalificación es un reflejo de intolerancia, mientras que presumir hablar con la verdad es una manifestación de superioridad moral.
Debemos, como Berlin, Oakeshott y varios otros, desconfiar del proyecto grandioso, el socialismo autoproclamado, el fin de la historia, la tecnocracia moderna, u otros casos de arquitectónica social. Una cosa es criticar, otra descalificar; una cosa es el diálogo, otra cosa son los idiotas que presumen hablar con la verdad.


La APPO un lastre para Oaxaca

Fuente: Yoinfluyo.com
Autor:
Juan José Díaz Bermúdez

Oaxaca vivirá hoy una de las fiestas indígenas que, por más de 70 años, ha dejado memorias de tradición en todo el mundo. En el 2006 se suspendió debido a la violencia que un grupo reducido de mercenarios de la autodenominada Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), apoyados por el magisterio oaxaqueño, provocó. Todo esto ante la indolencia de un gobierno federal como el del ex presidente Vicente Fox, que antepuso intereses partidistas a los del pueblo de Oaxaca, y generó con esto que hordas de supuestos luchadores sociales destruyeran la capital del estado.
Los oaxaqueños, aquellos que viven de su trabajo, que participan todos los días en la transformación de su estado, repudian a la APPO, organización fascista que se ha dedicado a quebrantar a Oaxaca, su economía y la paz social.
Hoy, como enemigos de un estado que vive del turismo, amenazan con bloquear la octava del Lunes del Cerro, heridos en su orgullo porque han dejado de tener la fuerza que tuvieron con el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación sección XXII. La gran mayoría de los profesores rechazan al movimiento que originó la flaqueza y el error de los dirigentes en el 2006, encabezados por Enrique Rueda Pacheco, que tras violentar Oaxaca plácidamente se retira a su casa de descanso en Canadá.
Quienes hablan desde el extranjero o la capital del país, se olvidan de un pueblo que, como el de Oaxaca, no milita en organizaciones imprudentes como la APPO, que está formada de resentidos sociales y algunos melancólicos y románticos ultraizquierdistas que piensan que en pleno siglo XXI los cambios políticos se podrán dar a través de las armas, cuasi error que les está costando la libertad.
¿Con qué autoridad moral habla Rosario Ibarra de Piedra si toda su vida ha explotado y lucrado con la memoria de su hijo? ¿Por qué se atreve a decir que el resguardo del Auditorio Guelaguetza, que hacen fuerzas federales y estatales, provocará la destrucción de Oaxaca cuando lo único que se busca por parte de las autoridades es garantizar la seguridad de las miles de familias oaxaqueñas que irán al Cerro del Fortín a admirar las delegaciones que traerán sus bailes para todo el mundo? Digo, es una contrariedad que todos aquellos "intelectuales" y "luchadores sociales" que dicen defender los derechos humanos, se rasguen las vestiduras cuando la policía pone orden al vandalismo de grupúsculos hostiles a la sociedad entera. ¿Cómo se puede calificar defender los derechos solamente de los delincuentes y dejar a todo un pueblo de rodillas ante la amenaza que representa la APPO para que la capital de Oaxaca pueda ser habitada de forma pacífica y de acuerdo a las normas? ¿Por qué se dicen revolucionarios, personajes que no respetan la ley de convivencia entre los pueblos, personajes que pretenden avasallar las tradiciones y las costumbres de los pueblos indígenas? La Guelaguetza es y será la muestra clara de los hechos cotidianos que nuestros pueblos indígenas y sus diversas naciones realizan en la Sierra, el Valle, el Istmo, la Cañada, la Cuenca, la Costa, la Mixteca. ¿Por qué tratar de desvirtuar y destruir una fiesta popular como esta?
¿Qué son los miembros de la APPO, revolucionarios o xenofóbicos? No se necesitan armas para asesinar un pueblo, se le puede matar destruyendo sus fiestas, sus tradiciones, su vida cotidiana, como lo hacen la APPO y sus corifeos.
Se ha tomado de pretexto "la lucha de Oaxaca" para que se monten en ella varias organizaciones y partidos políticos. El inicio de la pesadilla que hoy vive nuestro estado comenzó por un error, hay que reconocerlo. Jorge Franco Vargas, siendo Secretario General de Gobierno, antepuso el hígado al cerebro y generó con ello que el magisterio supiera tomar la alternativa de la violencia como buen pretexto para generar el caos en la ciudad. En ese operativo fracasado del 14 de junio de 2006, no hubo muertos, como el magisterio dijo, sí daños a terceros que los profesores realizaron. Al final de todo quienes salieron ganando fueron los integrantes de la sección XXII, y más los dirigentes que, según dice el pueblo de Oaxaca, se convirtieron en millonarios de la noche a la mañana y obtuvieron becas en todo el mundo. Es decir, "los revolucionarios" no pierden, al final siempre ganan, los únicos que han perdido son los habitantes de Oaxaca que se encuentra secuestrada, que vive con el miedo no por la presencia de la fuerza pública sino por la amenaza que representa para la integridad de todos los ciudadanos, la presencia de drogadictos, delincuentes y mercenarios que forman la APPO.
¿De dónde, pues, vienen personajes extraños a la sociedad oaxaqueña, como Rosario Ibarra, a querer legitimar las acciones vandálicas y delictivas de una organización desfasada y repudiada como la APPO? De dónde instituciones como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, y la estatal por supuesto, salen en defensa de las atrocidades que han cometido los mercenarios de la APPO, entre los que hay profesores, sedicentes estudiantes de la Normal y de la Universidad Pública, nido de corrupción. Las imágenes y los videos que los medios de comunicación han difundido durante los enfrentamientos, como el del 16 de julio de 2007 y anteriores, demuestran que la violencia viene de la APPO y de los autores intelectuales que incitan a jóvenes irresponsables, los cuales cometen los actos estando drogados y ebrios, con lo que se dan valor para destruir todo a su paso.
En Oaxaca, el pueblo sabe quiénes son aquellos que han motivado el surgimiento de estos grupos, avalados por supuesto, por organizaciones clandestinas que, aunque se dan baños de pureza, son tan terroristas y vandálicos como los miembros de esta tristemente célebre APPO.
La amenaza de boicotear y violentar la octava del Lunes del Cerro, ha sido lanzada por personajes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación que han dicho que, a través del método hormiga, se infiltrarán en el Auditorio Guelaguetza y sus alrededores para lograr el enfrentamiento con el pueblo de Oaxaca. Hay que insistir que los que vivimos en Oaxaca, los que conocemos cara a cara a los personajes, los que saludamos al pueblo y a los sectores verdaderos, sabemos lo que cada uno de ellos quiere hacer, hay expresiones de venganza muy radicales, hay cabezas de familia que deambulan armados "en caso de que sean atacados por la APPO", hay comerciantes y locatarios que están dispuestos a todo para quitarse de una vez de encima a esta organización y salir de la noche oscura que Oaxaca vive por culpa de la APPO y el PRD.
Con esto queremos dar pormenores de lo que es Oaxaca, los que están fuera de nuestro estado piensan soñando que todos aquí caminamos con un pasamontañas puesto. Eso es falso. En el mundo entero creen que los oaxaqueños andamos quemando autobuses y destruyendo fuentes de trabajo de nuestros propios hermanos, eso es mentira. ¿Quién le permitió a los extremistas de izquierda auto agenciarse Oaxaca, cuando la idiosincrasia del oaxaqueño no es hacia partidos de izquierda, al contrario, Oaxaca se divide entre conservadores y priístas? ¿Quién engañó a los financiadores de la APPO para querer incendiar Oaxaca, cuando es una entidad de culturas no guerreras? Nuestros antepasados fueron poetas y escritores, no vandálicos, prosaicos y degenerados. Como pueblo, Oaxaca exige que ya le quiten esa etiqueta de estado violento, anárquico, arcaico y salvaje; los oaxaqueños no somos eso, los que vienen a realizar actos de sabotaje, de pillaje, de pirataje, son habitantes del Estado de México, michoacanos, guerrerenses, chiapanecos, hidalguenses, la gran mayoría pertenecientes a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.
Oaxaca es un estado marginado, aun cuando ha sido eje de la historia en México, de nuestro suelo surgió Juárez, Porfirio Díaz y Ricardo Flores Magón, hombres que han cambiado la historia de nuestro país. ¿Por qué destruir la esencia misma del liberalismo, del progreso y la revolución? El pueblo de Oaxaca está cansado, está asqueado y harto de seudo proletarios y seudo izquierdistas que dicen defender al pueblo y son los clásicos rábanos, rojos por fuera y blancos por dentro, se mezclan con la prole oliendo a perfumes caros y vistiendo ropas de marca. Los oaxaqueños, y eso lo debe saber el gobierno federal, son gente de paz, personas que buscan su desarrollo y que no lo encontrarán en muchos años por culpa de estos grupúsculos, por necedad de falsos apóstoles que con la mentira y aduciendo generalidad, insisten en engañar a la opinión pública.
Lo que preocupa en estos momentos es que la APPO y algunos profesores, insistan en bloquear una festividad popular como es la Guelaguetza. El método hormiga que tratan de aplicar, es temerario, ya que estando los ánimos a punto de explotar en el pueblo de Oaxaca, sería un desastre que un miembro de esa organización cayera en manos de ese gigante dormido. Ojalá no lo realicen, porque hay personas de la comunidad dispuestas a todo con tal de enfrentarse a los miembros de la APPO. Quienes dirigen esta organización deben de tomar en cuenta lo anterior, sería exponer a sus mercenarios.
Por otro lado, cambia una vez más el panorama político-militar que el Ejército Popular Revolucionario ha implementado en contra del gobierno federal a través del hostigamiento, para lograr la presentación de los presuntos desaparecidos pertenecientes a la comandancia general de Oaxaca. Atacaron recientemente una cárcel federal en Chiapas, en donde reivindicaron los actos mediante pintas encontradas en el lugar. Hay que resaltar, en este caso, que son acciones de un impacto militar menor, lo que sugiere que ese grupo clandestino insiste en la presentación apretando poco para no provocar que los grupos que, supuestamente tienen a estas dos personas, tomen represalias contra ellos.
Por otro lado, no se descarta que el ataque al penal en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, haya sido un acto de estas mismas personas, las cuales no tuvieron tiempo para reivindicar a través de sus siglas el atentado. En este caso, hirieron de gravedad a un policía preventivo, lo que se suma a la larga lista de delitos que han cometido. Todos esperan la presentación de estas dos personas, ya que el gobierno federal y estatal han negado tenerlos en su poder. En Oaxaca, este grupo podría seguir participando al interior de la APPO, aunque ellos lo han negado. Sin embargo, no sería la primera vez que mintieran. Asimismo, hay datos no confirmados de que en Oaxaca son dos las ocasiones que estos mismos grupos podrían haber atacado la madrugada del sábado 28 de julio y domingo 29 de julio, a patrullas de las fuerzas policíacas federales y estatales. Los actos fueron repelidos sin saberse más ya que hay un gran hermetismo por parte de las autoridades.





Un sueño utópico

Enrique Galván-Duque Tamborrel

utopía o utopia. (Del gr. οὐ, no, y τόπος, lugar: lugar que no existe). f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.

Un viejo y muy estimado amigo, de nacionalidad holandesa y que radica desde hace muchos años en Aruba, y del que no tenía noticia hace varios años, me escribió hace unas semanas. Excuso decirles la gran alegría que me causó recibir su misiva, principalmente sabiendo que, independientemente de los achaques normales de la edad –es tres años mayor que yo, o sea 81--, se encuentra perfectamente bien y sigue dándole vuelo a la hilacha, su hilacha son los viajes, le fascina andar para arriba y para abajo como dicen en mi tierra, es claro que ahora con las limitaciones que impone la edad –otra vez la edad-- , ustedes saben, que si la presión, que si el azúcar, qué se yo cuantas cosas inventan los años.
Bueno, pues el caso es que este buen amigo venía dos o tres veces al año a nuestra amada patria, le encantaba la campiña y las poblaciones típicas de nuestro mal cuidado México –trabajó durante varios años para National Geographic Magazine--, le gustaba, siempre que venía, pasar cuando menos una semana en la Ciudad de México, en donde precisamente nos conocimos hace aproximadamente 50 años. Mi amigo me dice en su carta que dejó de venir a México y principalmente a la capital por lo conflictivo que se ha vuelto, siendo la última vez que visitó la capital precisamente en ocasión de los bloqueos de las calles provocados por López Obrador.
Por el comentario de mi amigo, me entró el gusanito de averiguar algo sobre el tema. Se sabe de las continuas manifestaciones que por uno u otro motivo se llevan a cabo en la ciudad de México, pero no se imagina uno la cantidad, así es que cuando empecé a conocer cifras francamente me fui de espaldas.
Cada año hay 2,500 manifestaciones en la capital, que equivalen a 6.8 marchas por día, o lo que es lo mismo, una casi cada cuatro horas. Esto significa que decenas de miles de personas puedan protestar por un tema que convoca a múltiples segmentos de la sociedad —la marcha de repudio a la inseguridad ciudadana o la protesta contra el desafuero de Andrés Manuel López Obrador, por citar las más grandes que han existido—, o pequeños grupos de 15 personas decidan cerrar el imperial Paseo de la Reforma por las razones que se quieran. En los casos multitudinarios, la población capitalina asimila perfectamente el proceso, pero con las pequeñas, sin importar cuán legítimas pudiera ser sus motivaciones, la molestia está creciendo y los niveles de tolerancia se están agotando.
Hay razones objetivas para que un ciudadano común y corriente se esté agotando por las protestas.
Grupúsculos bloqueando calles han provocado casos donde una persona en su automóvil a cinco calles de llegar a su casa, haya enfrentado tantos cierres que ha demorado hasta cinco horas en alcanzar su destino, y que los tiempos mexicanos sean como los musulmanes, donde el reloj de la hora no significa nada. La vida cotidiana llena de incertidumbres se ha vuelto impredecible, pues la estrangulación de una arteria importante, genera un caos vial multiplicador. Hay marchas de todo y para todos. Políticas y económicas, sociales y particulares. Hay de niños y niñas, con machetes y pañuelos blancos, de policías contra delincuentes y de delincuentes contra el gobierno.
Hay de estudiantes, de marginados, de campesinos, de burócratas, de obreros, de encuerados y de homosexuales; las hay diurnas y nocturnas. En fin, de chile, de dulce y de manteca, para todos los gustos.
Las crecientes molestias ciudadanas contra las marchas han ido creciendo, hace unos días se suscitó un acalorado debate entre el secretario del Trabajo, Javier Lozano, y el jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard. Desde Los Pinos, acusa el secretario capitalino de Seguridad Pública, Joel Ortega, diciendo a los medios de que va a renunciar, molestos porque se ha resistido a los numerosos llamados para utilizar la fuerza pública para desalojar a los maestros disidentes frente al ISSSTE, que decidieron tomarse ocho carriles de una avenida, por casi cien metros para montar un camping de rebelión contra la reforma. Ortega declaró que si llegara a renunciar no sería por "reprimir" una protesta, recordando que durante el gobierno de Ernesto Zedillo, un antecesor suyo, David Garay, fue despedido sumariamente porque intervino con la fuerza pública para desalojar otra protesta de los maestros disidentes. .Lozano y Ebrard se han trenzado en la polémica entre reprimir y no reprimir, con el primero argumentando acertadamente la utilización de la ley, mientras que el segundo refuta la ley con razonamientos políticos. Lo que no se quieren dar cuenta es que poner orden con fundamento en la ley no es reprimir, y esto rebasó ya el razonamiento tanto en la autoridad como en los ciudadanos.
Lozano se ha montado en el clamor popular que suplica que tundan a quien sea necesario para liberar las calles, pues al ya complicado tráfico capitalino se le han añadido factores adicionales de incomodidad y frustración al colocar a cualquier ciudadano en el limbo del tiempo. Ebrard, por su lado, pide que se establezcan los términos en los cuales puedan manifestarse los inconformes para dar cauce político positivo a sus insatisfacciones, con la expectativa de que los problemas lleguen a ser resueltos. Los dos tienen razón, pero nunca van a encontrar el entendimiento porque el fondo del problema está intocado.
En lo que no han reparado es que, independientemente de las molestias que causan las manifestaciones callejeras, hay otro aspecto que desgraciadamente es mucho muy importante para un país como México, en donde hacen falta empleos, los que en estas circunstancias resulta punto menos que imposible crear. Además, independientemente de la dificultad de crear empleos, ¿Quién los va a ocupar? ¿La bola de zánganos que se pasan la vida en manifestaciones? Existen ya, aparte de los sempiternos líderes corruptos, especialistas en alborotar el cotarro para organizar manifestaciones, como sus tropas ya perfectamente estructuradas de mercenarios listos para el llamado de sus jefes. Y que me perdonen, pero en las filas del PRD hay verdaderos especialistas para ello, ante los hechos no hay argumentos.
Ortega ha deslizado lo que es el punto nodal que explica tanto la posición del gobierno capitalino, como las puertas de salida a este embrollo, cuando asegura que no va a usar la fuerza pública contra los manifestantes porque no pagará los costos políticos de problemas que no fueron originados por la administración defeña.
En este punto se encuentra el marco del diagnóstico. Emilio Álvarez Icaza, presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, dijo en el programa Código 2007, coproducido por El Universal Televisión y Proyecto 40, que en los últimos cinco años se han movilizado en la Ciudad de México 10 millones de personas (5,479 personas por día; 228 por cada hora) en manifestaciones que tienen su origen en problemas no resueltos por el gobierno federal o por gobiernos ajenos al Distrito Federal, contra menos de 400 mil personas (219 por día; 9 por hora) cuyos problemas sí tienen un origen en la autoridad local. Visto desde la perspectiva de Ortega, al gobierno del Distrito Federal le piden pagar un alto costo político al reprimir, cuando son responsables de un 4% de los problemas por los cuales millones de manifestantes han tenido en jaque a la Ciudad de México en el último lustro. Total hablan y hablan, se tiran la bolita unos y otros, pero cabe la pregunta: ¿Cuánto le cuesta a la nación todos los daños y perjuicios que causan las manifestaciones callejera?, además ¿quien o quienes les paga o provee de los necesario a los manifestantes?
No se trata de que los gobiernos federal y capitalino "jueguen ping-pong" en la responsabilidad sobre las marchas, como caracteriza Álvarez Icaza, sino exactamente lo contrario. Que ambos gobiernos, y todos los demás que no son actores vivos en este debate, actúen con responsabilidad. Si hay marchas exasperantes en la Ciudad de México –y ya también en otras poblaciones del país-- es porque no se ha resuelto un problema o existen suficientes condiciones de conflicto para generar la protesta. Si el destino final de cada protesta que se respete es la Ciudad de México, es porque el poder político centralizado hace de la capital el área más sensible para la confrontación, donde juegan a las vencidas todos los actores políticos ad infinitum, lo que es una perversión del sistema político mexicano, que es donde se encuentra el cáncer.
Hay 2,500 protestas al año porque el sistema no está procesando los problemas, menos aún resolviéndolos. Las leyes, en este caso, sí ayudarían a disolver la protesta, pero con un sistema político incapaz de satisfacer las demandas, sería una locura reprimir porque el efecto sería el de aplastar una gelatina: se desparrama el conflicto. La estructura sistémica de la política está totalmente rebasada, y en ello habría que enfocar la mira para buscar la cura al cáncer. Los gobiernos, en todos sus niveles, deberían de tener la capacidad para procesar y resolver los problemas en sus instancias adecuadas, y no lavarse las manos y rebotarlos hacia la ciudad de México en espera que una autoridad superior, asediada por la presión de la protesta, los resuelva por ellos.
Estamos de acuerdo que de gobernantes incompetentes está repleto el país, pero no tiene que ser un determinismo. Pero también aceptemos que los que medran con las manifestaciones ya rebasaron el límite tolerable. Yo los veo como una organización que ha adquirido ya mucho poder, tal y como lo es el crimen organizado.
Sobre ambos bandos habría que enfocar la opinión pública y la política sus baterías. Los Ebrard, los Ortegas y los Lozano, aparentemente sólo están tratando de hacer lo menos rasposo su trabajo, enfrascados en su juego de tirarse la bolita pero sin resolver los problemas de muchos.
A los sempiternos inconformes no se les puede pedir que ya no marchen, porque es tanto como pedir un imposible, una verdadera utopía. Pero a los políticos, esa petición debe ser una exigencia, antes de que al congestionamiento vial en las calles de la Ciudad de México se le sume la sangre de una violencia emanada por la impotencia y frustración de una sociedad de agravios acumulados y tolerancia en rendimiento decreciente.
Por otra parte, además de la incomodad y daño que se causa a los ciudadanos, aparece en forma muy importante la afectación al turismo, muchos turistas que acostumbraban visitar con regularidad nuestra ciudad capital, como el caso de mi amigo al que me referí al principio, ya mejor se van a otros destinos, lo que conlleva una baja en los ingresos que por ese renglón se obtienen.
El problema se agrava porque ya este tipo de manifestaciones no sólo se llevan a cabo en la capital, sino que se han trasladado a otras ciudades, algunas de las cuales, como Acapulco, Oaxaca, Guadalajara y Puebla, por citar a las más connotadas, han tenido serías afectaciones dado que se ha ahuyentado el turismo. Y aquí cabe la observación:, resulta incongruente que un país eminentemente turístico y que necesita de los ingresos que produce ese importante sector, las profesionales y mercenarios de las manifestaciones no tomen en cuenta ese factor.
Parafraseando a Martin Luther King: «Anoche tuve un sueño utópico, soñé que se acababan las manifestaciones callejeras en México»

Pulveriza López Obrador al PRD

Fuente: Yoinfluyo.com
Autor: Manuel Díaz Cid

La percepción de ingobernabilidad y de ineficacia, característica del inicio de los procesos de transición, abre la puerta a las manifestaciones de inconformidad y a la de aquellos que durante años han esperado el cumplimiento de sus demandas, a grado de considerar que sólo a través de una actitud radical conseguirán satisfacer sus demandas. Cuando los reclamos de la sociedad no son atendidos a tiempo y de manera suficiente, se corre el riesgo de que la sociedad abandone la credibilidad y el respeto a las autoridades constituidas, y busque su propio camino, yendo de salto en salto hasta la anarquía.
La prensa nacional registra las manifestaciones de protesta en Oaxaca que arruinaron la Guelaguetza porque, a pesar de que en el cerro se llevó a cabo la festividad, la derrama económica y el turismo fueron nulos y las manifestaciones consiguieron así que la fiesta no pudiera celebrarse con éxito para la sociedad de Oaxaca.
Quedan pendientes las preguntas ¿a quién beneficia?, ¿al estado?, ¿a Oaxaca?, ¿a quién? Evidentemente hay cientos de miles de perjudicados, entre ellos, los más pobres, sin que a los “apóstoles de la violencia” les importe; ellos no pelean por la gente pobre, sino por una ideología que habla de los pobres.
Quienes no logran diferenciar los objetivos de los “apóstoles de la violencia”, se dejan captar por su verbo incendiario e incluso les acompañan como sus partidarios, quedando en auténtica calidad de “idiotas útiles”, porque destruyen lo que creen que están construyendo. Los manifestantes en Oaxaca están ideologizados, rompen con la realidad y se refugian en los sueños, delirios que alejan de la realidad e impiden modificarla positivamente para lograr lo anhelado.
El escenario actual es propio de una transición: se registró la manifestación en Oaxaca de la APPO y el derrumbe de la celebración de la Guelaguetza; la manifestación de los militantes de Antorcha Campesina en la ciudad de México para exigir la liberación de sus líderes detenidos en Querétaro; la refriega con los vendedores ambulantes que por 25 minutos se produjo en el Bosque de Chapultepec; la reunión que organizó el Sub Comandante Marcos con los pueblos simpatizantes del zapatismo del mundo; y las acciones del grupo de AMLO que se empeña en descalificar al sistema jurídicamente constituido.
Para quienes manejan la idea de “preferir vivir como antes, en un sistema autoritario a vivir una situación de incertidumbre”, bien vale recordar lo que el historiador romano Cayo Cornelio Tácito decía: “son preferibles las tormentas de la libertad, a la calma de la esclavitud que corrompe”. Es preferible vivir una circunstancia como la actual a quedar atrapados en un sistema autoritario que ahoga a la sociedad en corrupción.
En el artículo “Grupos Subversivos sin ideales, modus vivendi para existir” publicado en la revista Quehacer Político, el 22 de julio, Sandra López menciona que la ciudad de México es sin duda la más conflictiva de todo el país. Estudios de la Segob señalan que las células de estas organizaciones, armadas o no, tienen sus cuarteles de concentración en el D.F. Incluso se asegura que algunas de estas células no pelean por ideales, sino que es su “modus vivendi”.
Dentro de la “Izquierda Post-moderna”, la corriente denominada “Nueva Izquierda”, lidereada por Jesús Ortega Martínez, obtuvo el 65% de apoyo en el Congreso Nacional del PRD y fue ferozmente rechazado por los partidarios de AMLO hasta ocasionar la más seria crisis que el PRD ha vivido en su historia. Estamos a punto de ver si es curable o no la esquizofrenia del PRD; si son capaces de desembarazarse de la figura de AMLO o quedarán atrapados en un doble juego y pagarán el precio con derrotas electorales dejando de ser una opción política de representación.
Intelectuales y simpatizantes del PRD coinciden con los planteamientos de los teóricos de la izquierda. Los artículos de Denise Dresser, Rosa Albina Garavito y Benito Nacif coinciden en que AMLO ha llevado a su partido al punto del desgarramiento interno. ¿Se producirá este desgarramiento?, ¿quiénes optarán por la Nueva Izquierda y quiénes por AMLO?
La disposición que anuncia el Senador Arce se contrasta con la discusión interna del PRD por los resultados de las elecciones del domingo anterior, donde los últimos datos registran el triunfo de Nueva Izquierda con 355 mil 600 votos; la elección de 327 delegados por la Nueva Izquierda, 65 de Alejandro Encinas, 28 de Alianza Democrática Nacional, 13 de Nuevo Sol, y 9 del Movimiento por la Democracia.
Dolores Padierna acusa de fraude a los representantes de la Nueva Izquierda y cuestiona todo el proceso. La prensa pregunta con relación al proceso interno de elección: ¿se irán al voto por voto?
Estamos en un proceso de transición inédito. Es la primera vez en la historia que un proceso de transición se lleva a cabo con el partido político autoritario que perdió el poder, siendo todavía una figura representativa. Tenemos por otro lado la izquierda radical que representa a grupos “subversivos y sin ideales”, aunque ellos mismos se pintan una ideología para darle credibilidad a sus propuestas a una sociedad inmersa en la pasividad.
Los mexicanos debemos pensar cuidadosamente en el resultado de estas situaciones porque las transiciones por sí mismas no son garantía de arribar a buenos resultados. Una transición es, a final de cuentas, el desplazamiento de un punto a otro. ¿A dónde llegaremos? Para llegar a una sociedad plural, incluyente, participativa y representativa, los ciudadanos debemos dejar de lado la apatía frente a los acontecimientos.