domingo, 29 de marzo de 2009

Cosas del General Álvaro Obregón

Por: Antero Duks

Los que conocieron y trataron al General Obregón cuentan que era una persona muy sarcástica pero de muy buen humor. Entre mis mayores, varios fueron colaboradores de él, lo respetaron y lo admiraron sincera y honestamente. Por ellos supe de muchas anécdotas del general, alguna de las cuales prevalecen en mis recuerdos.
Hacía comentarios como el que, por ejemplo, les dijo al grupo de damas que de la ciudad de México que le fueron a dar la bienvenida en ocasión de su entrada a la ciudad, después de la estadía de las huestes de Pancho Villa y Emiliano Zapata, estadía que por cierto provocó gran desazón en la sociedad capitalina. La dama que llevaba la voz cantante le dijo, palabras menos palabras más:--“Señor General, nos causa regocijo que sea usted el que venga a poner orden en esta atribulada capital, usted que no fuma, no toma, ni nada…..”; al oír esto, el general inmediatamente interrumpió diciendo con mucho énfasis:--“momento señora de mis respetos, pero ‘nada si’….
Cuando salió de las presidencia, se fue de inmediato a su rancho de Cajeme, Son. Y retomó su actividad de siempre, la agricultura. En una ocasión, recibió la visita del embajador japonés, quien al verlo con su atuendo cotidiano y además barbón --como siempre usó antes del ajetreo revolucionario--, le dijo, con marcado dejo de sorpresa:--“caramba su excelencia, está usted disfrazado”. A lo que Obregón inmediatamente repuso:--“perdóneme usted su excelencia, pero disfrazado estaba yo allá en la capital”.
Una carta que el General Obregón escribe a su hijo Humberto al cumplir 21 años, días antes de ser asesinado en La Bombilla el 17 de julio de 1928.
«Muy querido hijo:
...Lo primero que necesitan los hombres para orientar sus actividades en la vida, y para protegerse y defenderse de las circunstancias que le son adversas, y que por causas ajenas a su voluntad convergen sobre su personalidad, es clasificarse.
“Clasificarse ha sido uno de los problemas cuyo alcance son muy pocos los que saben comprender; tú debes, por lo tanto, empezar a hacerlo, y voy a auxiliarte con mi experiencia.
“Tú perteneces a esa familia de ineptos que integran, con muy raras excepciones, los hijos de las personas que han alcanzado posiciones más o menos elevadas, que se acostumbran desde su niñez a recibir toda clase de agasajos, teniendo muchas cosas que los demás niños no tienen.
“Y por esto van perdiendo, asimismo, la noción de las grandes verdades de la vida, y penetrando en un mundo que lo ofrece todo sin exigir nada; creándoles, además, una impresión de superioridad. Llegan a creer que sus propias condiciones son las que los hacen acreedores de esa posición privilegiada.
“Los que nacen y crecen bajo el amparo de posiciones elevadas están condenados por una ley fatal a mirar siempre para abajo, porque sienten que todo lo que los rodea está más abajo del sitio que a ellos han otorgado los azares del destino, y cualquier objetivo que elijan como una idealidad de sus actividades, tiene que ser inferior al plano en que ellos se encuentran.
“En cambio, los que descienden de las clases humildes y se desarrollan en el ambiente de modestia máxima, están felizmente destinados a mirar siempre para arriba, porque todo el panorama que les rodea es superior al medio en que ellos actúan; lo mismo en el panorama de sus ojos que en el de su espíritu; y todos los objetivos de su idealidad tienen que buscarlos sobre planos siempre ascendentes.
“En ese constante esfuerzo por liberarse de la posición desventajosa en que las contingencias de la vida los han colocado, fortalecen su carácter y apuran su ingenio, logrando, en muchos casos, adquirir una preparación que les permite seguir una trayectoria siempre ascendente. “El ingenio, que no es una ciencia y que no se puede aprender, por lo tanto, en un centro de educación, es el mejor aliado en las luchas por la vida, y sólo pueden adquirirlo los que han sido forzados por su propio destino a encontrarlo en el constante esfuerzo de sus propias facultades.“El ingenio no es patrimonio de los niños o jóvenes que no han realizado ningún esfuerzo por adquirir lo que necesitan. El valor de las cosas lo determina el esfuerzo que se realiza para adquirirlas, y cuando todo puede obtenerse sin realizar ninguno, se pierde la noción de lo que el esfuerzo vale, se ignora el importante papel que éste desempeña en la resolución de los problemas de la vida; y el tiempo que nos sobra nos aleja de la virtud y nos acerca al vicio. Éste es el otro factor negativo para los que nacen al amparo de posiciones ventajosas.»
Hasta aquí la carta.
Por cierto, decían los allegados a la familia Obregón, que Humberto heredo el humor de su padre. En una de tantas anécdotas que emanaron de Humberto, recuerdo dos en especial:
En un vuelo que hacía a través del Golfo de California, en una aeronave de ruta, empezó a zangolotearse en aparato motivado por una fuerte turbulencia de aire. Él, para tranquilizarse, encendió un pequeño radio portátil, pero sin darse cuenta lo puso en un volumen alto, lo que provocó que la sobrecargo, percatándose de que molestaba a otros pasajeros, se acercó a Humberto y le dijo en voz baja:--“señor, por favor, su radito”, inmediatamente él repuso:--“¿zurradito?, ¡zurradota la que me día!”
En otra ocasión, llegó a una reunión de industriales de productos alimenticios a la que lo había invitado un amigo del gremio. Al llegar, fue recibido efusivamente por su amigo, lo introdujo a la reunión y empezó a presentarle a algunos de los industriales asistentes. Se acercó uno de ellos, saludo a su amigo, y éste se lo presentó. El industrial de marras le dijo:--“Clemente Jaques (fundador de la industria que lleva su nombre) a sus ordenes”. Humberto se le quedó viendo un momento y le contestó:--“mucho gusto en conocerlo, yo soy Corn Flakes de Kellogs, para servirle”. Obviamente todos los que escucharon se atacaron de risa.
Así era el general Obregón y así era su hijo Humberto, de tal palo tal astilla.
Al General Álvaro Obregón no lo mataron los que el oficialismo de entonces quiso cargarles el muertito, sino la camarilla de pillos que, cobijados bajo la sombra de Plutarco Elías Calles –artífice del Partido Nacional Revolucionario (PNR)-- se aprovecharon de todo y que fueron a los que “le hizo justicia la robolución”. Fueron ellos los que encaminaron México por el sendero de la corrupción e impunidad, vientos que ahora estamos cosechando en forma de vorágine tempestuosa que fundamente a la delincuencia desatada en todas sus formas.
El Lic. Antonio Díaz Soto y Gama, eximia figura de la revolución mexicana, en la que fue la última entrevista –falleció en marzo de 1967-- que le hiciera el finado conductor Francisco Rubiales (Paco Malgesto), dijo:--“…el Álvaro Obregón ha sido el mejor presidente de la República, …aunque le pese a los imbéciles reconocerlo” haciendo franca referencia a los pillos que , cobijados bajo la sombre del “Jefe máximo”, secuestraron a la Revolución, desvirtuando así los anhelos de muchos hombres y mujeres que lucharon con vehemencia.
Y todavía, para colmo y descaro, en el octogésimo aniversario de la fundación del PRI –engendro que formaron precisamente aquellos aprovechados del pastel, elaborado con el sacrificio de muchos mexicanos y mexicanas que ofrendaron su vida por esa lucha-- la señora Beatriz Paredes Rangel, presidenta que es actualmente de dicho partido, se lanzó al ruedo para darse un baño de pureza, pretendiendo engañar al pueblo mexicano y tapar el sol con un dedo.